Cuando se apagó el incendio, las dos muñecas de Cati eran solo dos carbones. La niña lloró durante días, sin consuelo. Eran sus peponas favoritas: dormían con ella, velaban su sueño una a cada lado de la almohada. Las llevaba al colegio y las sentaba a la mesa, como si también tuvieran hambre.
Su madre había muerto dos años antes. Desde entonces vivía con el padrastro, Manolo el cojo, en una casa medio ruinosa al final de la calle.
Dicen que fue él quien prendió el fuego. Nadie pudo probarlo.
Pero lo que de verdad nos rompía el alma después era el llanto de la niña. Lloraba de día y de noche. Un lamento fino que atravesaba las paredes del barrio.
Alguien avisó a los servicios sociales. Una mañana vino un asistente desde la capital. Entrevistó al padrastro, habló con la niña y tomó algunas notas en una carpeta gris. Pocos días después regresó para llevarla a un centro de acogida.
Aún recuerdo los ojos hinchados de Cati cuando la montaron en el coche. No soltaba las muñecas quemadas, envueltas en una toalla deshilachada.
No volvimos a saber de ella. Quince años más tarde nos enteramos de que, tras una larga terapia, Cati pudo explicar por qué aquellas muñecas eran tan importantes. Por qué nunca dormía sin ellas.
Al viejo de la pierna tullida le cayeron veinte años.
Las muñecas ya no velan su sueño.

Segundo premio del XIX Certamen de Relatos Cortos “Valentín Palacio”
Este cuento, encoge el corazón. Lo peor es saber q esta realidad, existe. Cuidemos. Es este el cuento premiado en las Cabezas?. Quiero acompañarte. Me avisas. Me gusta
Me gustaMe gusta
Gracias, Gloria. No, la entrega de premios en las Cabezas de San Juan será en noviembre. Hasta que no lo reciba no publicaré el relato. Me encantará que me acompañes. Un fuerte abrazo.
Me gustaMe gusta