Muda

Cuando era chica mi padre me decía que si un día me quedaba muda, reventaría. La verdad es que no paraba de hablar ni un momento. Toda mi energía la empleaba en articular chascarrillos sin pausa para hacerme notar, para ser vista. No podía pasar desapercibida, me iba la vida en ello. Parlotear de lo que fuera, intentando hacer gracia o rellenar espacio o calmar las aguas o ahuyentar el miedo….  Cotorrear sin descanso para no oír lo que me dolía y también para soportar el silencio atronador que me rodeaba.  

Hablar sin descanso me ayudó a sentir cada vez menos la vocecita que crecía conmigo, esa que nos orienta en la vida, la que nos dice qué nos gusta y qué no, qué queremos hacer y de dónde tenemos que huir. Ese lazarillo interno que en el mejor de los casos nos acompaña siempre o del que nos despegamos en algún momento. Y qué difícil y necesario el reencuentro luego...

Curiosamente, al ser tan charlatana, parecía muy sociable, abierta y expresiva, aunque no era más que una estrategia que perfeccioné con los años por su eficacia para esconderme y protegerme de todo y de todos. Pero por la boca se me iba la fuerza. Con la vejez aprendí por fin que a veces hay callar y economizar la fuerza para poder actuar. 

Llevo un tiempo muda aquí, en la ventana del mundo. Y y sí, más de una vez estuve a punto de reventar. Filosofando un poco (y evadiéndome) diré que el silencio es también una forma de comunicación, es un lenguaje más misterioso y enigmático, pero elocuente y necesario. Siempre recuerdo una fascinante clase de bachillerato donde una revolucionaria profesora de música (que a veces nos hacía sesiones de hipnosis, no me preguntéis por qué) nos hizo comprender la necesidad del espacio entre dos notas para que la música se produzca. Igual que el espacio blanco en el límite de un cuadro define su contorno, hace posible la obra de arte. Momentos fascinantes aquellos de apertura de la mente, de subir un escalón en el nivel de comprensión de la realidad.

Pero no aparezco hoy después de tanto silencio para hablar de la mudez, sino de otro de los varios significados del término MUDA.

La serpiente


¿Has visto alguna vez una serpiente cambiando de piel? Es increíble cómo se retuerce el animal para liberarse del antiguo molde, de la corteza seca, inerte que hasta ese momento habitaba. Un reportaje que vi el otro día me dio qué pensar: sobre los ciclos de la vida, sobre la fuerza y la resistencia del pobre reptil para atravesar una prueba tan extrema. Como un parto, cada mes debe alumbrar una piel nueva, renacer. Uf!  Imagino el miedo, la entrega, la vulnerabilidad que tendrá que sentir si es que siente algo. Está claro que me proyecto cuando lo imagino. 

Parece ser que los ofidios (el nombre elegante de las serpientes) se refugian unos días, dejan de comer y hasta pierden la visión. Poco a poco empieza a despegarse la piel de su nariz y de la cabeza para terminar después de unas horas, o unos días, perdiendo la de la cola.

Esto no es una reseña de naturaleza, pero me impactó tanto el documental que me informé y se llama ECDISIS la muda de piel de las serpientes que se produce cada 4 o 5 semanas. La frecuencia y el éxito del proceso depende del buen estado de salud del animal, de lo bien nutrido que esté y de las buenas condiciones ambientales. Dicen los expertos que este aparatoso cambio es imprescindible para crecer, para reparar heridas y para eliminar parásitos. Tomo nota.

Estoy segura que ya sabéis por dónde voy. En los últimos meses he vivido tantas mudanzas, en sentido literal y figurado, que no pude evitar hacer un paralelismo. He tenido que retirarme, replegarme, para coger fuerzas. Me sentí al borde de la muerte a veces, con ganas de abandonar, perdida… pero seguí tenazmente avanzando a ciegas lentamente en la fatigosa tarea de transformarme un poquito cada vez. Todavía no se han acabado las “mudas” de mi vida, pero parece que me asusta un poquito menos el proceso o al menos espero haber dejado atrás las más capas más resistentes y duras. 

Qué de cambios, qué de movimientos, qué de novedades, cuánto esfuerzo de adaptación, qué desgaste… nada comparado con el de las pobres bichas, supongo, pero mucho en relacióna lo que ha sido mi vida hasta ahora. Solo con pensar que en la última casa que viví en España estuve 23 años ininterrumpidos y que en menos de cuatro años que vivo aquí en Francia, he cambiado de vivienda tantas veces que ni me acuerdo. 

El camino 


Desde hace unos meses estas mudas se han intensificado de manera exponencial. Me he mudado de nuevo aquí, en Burdeos, donde no solo cambié de barrio y de apartamento sino que he virado mi andadura en solitario para compartir camino. Dejé de lado un territorio ya ganado de autonomía e independencia para, de nuevo, tratar de acompasarme con otra persona. Atreverme (con los ojos cerrados, no puede ser de otra manera) a afrontar el desafío de que otro haga la función de espejo y maestro, asusta casi más que entusiasma. El vértigo de abandonar la zona de confort, lo conocido, para aventurarse en un camino  incierto espanta tanto como la idea de cambiar de piel, supongo. 

Más tarde vendí mi casa en España y dejé mis trastos almacenados en un garaje (que por cierto se inundó ¡sic!) Eso sí que fue cortar raíces, de lo que tantas veces oí hablar,ahora ya lo voy viviendo. Es algo elegido, saludable, pero nada fácil de atravesar, como un duelo. Visitar a los míos sin tener allí un techo fijo ha sido una experiencia curiosa que ha subrayado el desarraigo. El otro día pasé al lado de la que fue mi casa durante un cuarto de siglo, donde crié a mis hijos, donde alimenté ilusiones, donde viví tantos buenos (y otros menos) momentos. Donde sin haberlo nunca pensado, creí que terminaría mis días. Pero estaba demasiado cargada de historia, tenía que  aligerar la mochila, no me arrepiento pero ¡se hace muy raro pasar delante de la puerta donde ahora empiezan a tejer su historia otras personas! Yo parecía una muerta andante, es como contemplar la vida de los otros una vez que una ya no está entre los vivos. ¿cómo tiene que ser eso? Los demás afanados en regar las plantas, en pintar paredes, tender la ropa o hacer la comida… y tú ahí de espectadora, transparente, cuando hasta hace poco eras la protagonista de la historia. Es muy raro.

Y por último he comprado un apartamento algo más apartado y pequeño, después de muchos calentamientos de cabeza sobre dónde y cómo, sobre cuando y cuánto… Un piso más adecuado como segunda vivienda, como base de operaciones para visitar a mis hijos y quién sabe… un trozo de raíz viva que poder regar un día. Disfruté mucho organizando la nueva casita y cuando estaba lista, cuando empecé a sentirla mía, cuando estaba a gusto en esa piel conocida del sol de febrero que arde en mi tierra, de nuevo me volví arrastrándome a mi lugar de adopción. El último cambio de piel, un duelo del que aún no me recuperé del todo.


Con una muda

Otro de los significados de la palabra tiene que ver con ir ligera de equipaje. Con dos mudas de ropa viajaba mi padre durante meses por toda Europa (incluso el norte de África) cuando era conductor de autobuses llevando turistas de aquí para allá. Iba siempre con un pequeño maletín de plástico verde que traía repleto de deliciosas terrinas de mermelada que recolectaba en los desayunos y monedas extrañas de los países por los que pasaba. Llevaba también unas zapatillas y sus útiles de afeitarse, su escasez de ilustración y su mucha dignidad, sus miedos y su determinación de llegar al destino como fuera, de sortear todos los obstáculos. Ahora, que hay tarjetas de crédito, teléfonos móviles, toda la información del mundo; que sabemos algo de idiomas, cada vez que viajo no encuentro maleta donde quepan todos mis “por si acaso...”. 

Tratando de aligerar mi mochila, en cada mudanza me desprendí de cosas, esas que nos atrapan, que nos poseen y nos ahogan. Intenté encontrar el equilibrio entre no desterrar con rabia y desprecio todo lo que forma parte de mi pasado y dejarle el espacio justo para no alterar mi esencia, lo que soy y en lo que quiero convertirme. Seguirán produciéndose las mudas (y ay! mejor no resistirse demasiado a ellas) para seguir adelante, para adaptarse, para curar heridas, para fortalecerse… pero siempre queda el esqueleto de lo que uno es: la médula que permanece después de tantos cambios de piel. Me dediqué este tiempo a dar aliento a esa vocecilla medio apagada, el faro que apenas me alumbra, el que me guía en la vida. Sigo trabajando en recuperar esa conexión con mi núcleo, no pierdo la esperanza de vivir cada vez más en reposada alegría festejando el reencuentro y compartiendo con todos mi hallazgo. En pocos días me voy de viaje a la otra punta del mundo. Mi anhelada primera vez. Intuyo que no volveré con la misma piel con la que me voy. 

4 comentarios en “Muda

  1. Locacordura

    Unas verdades como templos. Hablar mucho para no oír tus miedos. Eso mismo hacía yo de pequeña. También era muy parlanchina y recuerdo mis esfuerzos a estar siempre aceptada en el grupo, a ser parte activa dentro de ellos, a esperar siempre que contaran conmigo. !Qué cansado eh! He aprendido a estar donde esté sin tener que demostrar nada. A ser un poquito yo. Aún queda camino..

    Me gusta

  2. Me alegra volver a leerte.
    Nos hablas de mudas y de los muchos cambios que has experimentado en este tiempo de silencio… pero no ha cambiado en nada tu soberbia forma de describir con el lenguaje los sentimientos que nos compartes. Felicidades por ello.
    Que tengas una muy buena experiencia en esa «primera vez que inicias» y que nos lo cuentes.
    Un abrazo fuerte.

    PD: Algún problema de formato (de justificación del texto) dificulta la lectura.

    Me gusta

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s