EL CUENTO DE LA CIGÜEÑA

Un fuerte “¡kikiriki!” despertó a la niña. Ese gallo debía estar muy enfadado, pensó. Abrió los ojos perezosa, pero no vio nada. Se asustó mucho, no recordaba dónde estaba. Entonces volvió a escuchar el gallo gruñón y a continuación un búho ululó: “¡uh uh! ¡uh uh!” Le pareció que el búho mandaba callar al gallo.

Si el búho ululaba, debía ser de noche aún. Sería normal no ver nada. La niña se quedó más tranquila. Pero no pudo volver a dormirse. Seguía sin saber dónde estaba y por qué escuchaba sonidos de animales. ¿Sería que estaba en el medio del campo?

A oscuras se palpó el cuerpo. Tenía un poco de frío. Comprobó que estaba vestida con una ropa que no reconoció al tacto. Un camisón de franela que con toda seguridad no era suyo. Se incorporó y notó cómo se hundía un poco en el lecho en el que se encontraba. Era blando, mullido y olía a cereal y hierba seca. ¿Dónde estaba? El corazón le latía a mil por hora e intentaba sin lograrlo que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad.

El búho volvió a ulular y eso la tranquilizó: ¡uh uh! ¡uh uh!.Parecía decirle: “tranquila, todo está bien”. No se atrevía a moverse, así que aguzó el oído a ver si reconocía algún sonido más. Un crujido de ramas, el viento moviendo unas hojas, gallinas removiéndose en algún colgadero. Un grillo cantaba feliz: “¡cri cri! ¡cri cri!” y callaba cuando un conejillo pasaba cerca y zapateaba.

Definitivamente estaba en el campo o en un jardín bastante grande. No se oía nada que no proviniese de la naturaleza. Así se fue relajando, con el ulular del búho, el canto del grillo y las caricias del aire en su camisón de franela.

No sabía cuánto tiempo pasó hasta que vislumbró por fin las formas de lo que tenía a su alrededor. Estaba sentada en una especie de nido gigante, hecho con paja fresca, hierbas secas y pequeñas ramas. Había algunas plumas grises y blancas que no dejaban lugar a dudas. Era un nido de algún ave, y bastante grande a juzgar por el tamaño de las plumas. No tuvo miedo. Estaba contenta por empezar a descubrir dónde estaba.

El amanecer estaba cerca, una luz violeta empezó a surgir tímidamente. El nido estaba sobre un olivo bastante grueso. Un tronco de más de dos metros de grosor sostenía las pesadas ramas cargadas de aceitunas. Era un olivo milenario. No era muy alto, la niña bajó de un salto, dispuesta a explorar el lugar y, si era posible, comer algo, que su tripilla ya se estaba quejando.

Ya se podía distinguir el punto naranja que marcaba en el horizonte por dónde saldría el sol. La niña se movía despacio, con cautela, descubriendo los árboles y arbustos que la rodeaban. Pudo desayunar unos higos que le regaló una higuera cercana. Mientras masticaba escuchó un batir de alas. Pensó que sería el búho, pero una elegante cigüeña se acercó volando hacia el nido en el que ella había despertado. Misterio resuelto. Era el nido de aquella enorme ave zancuda. El pico de la señora cigüeña empezó a castañear y la niña estaba segura que le intentaba decir algo: “¡cla cla cla cla!” y con un movimiento de cabeza el inmenso pájaro le indicó que se alejara por un sendero que surgía a su izquierda.

Obediente y con la seguridad que le ofrecía la luz del día, corrió descalza por el sendero y se sorprendió al ver bancos de madera, papeleras y a lo lejos algún edificio. Cuando se acercó a una valla pudo ver un cartel que decía “Jardin Public”. Pensó que algún hambriento se había comido la “o”.

Escuchó unas risas de niños y una charla que no entendió. Unos jugaban al corro y otros echaban de comer a unos patos en el estanque. Se acercó y saludó con la mano. Una niña con trenzas y mofletes rosados le habló pero ella no entendió una palabra. Qué raro era todo. Intentó hablar para explicarle que no sabía dónde estaba pero de su boca solo salió un ¡uhuh! que recordaba el ulular del búho. La niña mofletuda se rió con ganas y le ofreció de lo que estaba comiendo a la vez que le decía: “croissant”. El sabor de aquel manjar avivó la memoria en la mente de la niña. Se recordó volando agarrada al cuello de la cigüeña: ¡así había llegado allí!.

“Croissant” repitió ella y la niña de las trenzas le aplaudió por su buena pronunciación. Corrieron las dos recién estrenadas amigas a unos columpios y pasaron un buen rato volando agarradas a las cadenas. Cuando bajaron se les unió un chico gordito y sudoroso pero que llevaba un bocata bien grande. Le ofreció un poco mientras le decía: “baguette”. Con cada bocado la niña empezó a entender algunas palabras de lo que hablaban los niños a su alrededor. Se estaban contando historias de cómo habían llegado a aquel jardín, a cada cual más increíble. La niña se animó y contó la suya. Todos aplaudieron y rieron juntos.

Y así, riendo, jugando, comiendo baguettes y croissants, la niña recordó de dónde venía y decidió que aquel jardín en medio de una ciudad era un lugar estupendo para soñar.

FIN

Este cuento es un precioso regalo de cumpleaños que escribió mi hija para mí. No solo es valioso por su imaginación y buen trabajo narrativo, sino que tiene un gran simbolismo. Significa mucho para mí, además, porque implica un reconocimiento y aceptación de mi proyecto de vida aquí, en Francia, lejos de los míos. Gracias.