De la «Diagonal del vacío» a la Selva Negra: mi estreno germánico.

Era la primera vez que pisaba suelo alemán y suizo y me alojé en Karlsruhe, a pocos kilómetros de la frontera francesa. Como si me diera miedo alejarme mucho de lo conocido. El viaje desde Burdeos fue en coche, así que nos permitimos el lujo de atravesar el país de oeste a este, por carreteras secundarias.

El verde radiante del bosque en primavera estaba salpicado por extensiones amarillas de los cultivos de colza, que parecían pintadas con rotulador fluorescente. Cruzamos la “Diagonal du vide”: la diagonal del vacío. Estos franceses siempre tan poéticos incluso para poner nombre al despoblamiento rural que recorre la nación. Conociendo el percal, íbamos aprovisionados de viandas, porque sabíamos que no habría bares ni restaurantes en el camino. Pero me olvidé el termo y tuvimos que adentrarnos en un área de servicio cercana a la autopista para poder tomar un café. Cientos de kilómetros de bellas estampas, tan perfectas como deshabitadas. 

Pernoctamos en Mulhouse, en Alsacia. Esta región ha pasado tantas veces de manos francesas a alemanas que aunque la gente habla francés, los edificios te recuerdan que en un tiempo allí se habló alemán. A la mañana siguiente, paseamos la pintoresca ciudad, y nos sorprendió lo calurosa y sencilla que es su gente. Aprovechando la cercanía, cruzamos la frontera suiza para conocer las cataratas del Rhin: impresionantes. No por la altura, sino por la masa inmensa de agua turquesa y blanca que ruge al caer entre las rocas justo en la curva del río. El paisaje es muy abierto, lleno de color y contrastes: el agua, el bosque, las rocas. Es una parte bastante salvaje que contrasta con el recorrido del río por las ciudades, donde abundan la industria, los puertos y los barcos de carga. 

Pero Suiza más vale visitarla en avioneta, porque te cobran un riñón hasta casi por respirar. ¡Una botellita de agua en un puesto ambulante, 5 euros! Ni en los aeropuertos… Además, pagas por todo; por aparcar, por mirar, por beber…. Y ninguna reducción para mayores o discapacitados que valga.

La carretera, de camino a nuestro destino, jugaba al escondite con la frontera, entraba y salía constantemente de Alemania a Suiza. Puestos de policía, camiones y furgonetas parados en los laterales… me resultó llamativo que en medio de Europa exista ese territorio delimitado, foráneo, aunque de libre paso. Salta a la vista que es un país muy próspero y no me quitaba de la cabeza los tejemanejes que debe haber detrás de estas fronteras… Será el poco mundo que tengo en mi maleta.

Karlsruhe, Baden–Baden y Heidelberg

En territorio alemán también hay campos sembrados de colza, pero apenas teñidos de amarillo, como si la primavera fuera menos intensa allí. Los bosques aún más frondosos y húmedos que en Francia. Las redondeadas montañas me recordaban a Heidi (tengo una edad!), tan verdes, con casonas aisladas de techos inclinados con buhardillas, grandes abetos, alguna que otra oveja… en fin, pequeña fisura de nostalgia.

Las autovías son gratis, no como en el país galo, que encarecen más el viaje que el combustible. Las carreteras tienen señales que jamás había visto, como una mano enguantada que señala en una dirección, y otras que parecen jeroglíficos indescifrables. En la mayor parte de las autovías no hay límite de velocidad, pero no vi a nadie circular a toda leche. Y eso que la mayoría de los coches eran de marcas Audi, Mercedes, Porsche, Volvo… nunca vi tanta densidad de coches que valen casi tanto como una casa.

La llegada a Karlsruhe la estrené con una caída, como empieza a ser habitual en mis viajes, aunque sin más consecuencia que el desconcierto. Es una ciudad extensa, con núcleos de población dispersos y grandes contrastes en las construcciones. Parece que fue castigada en las guerras y combina muchos estilos. Abundan los edificios de piedra, con grandes sillares de roca abultada, sin pulir, roja o gris oscuro. Moles robustas que me hicieron pensar en cómo el paisaje (urbano en este caso) puede influir en el paisanaje. Aunque todos los tópicos son injustas generalizaciones, persiste esa imagen de carácter austero, recio de los alemanes. 

En todo caso, percibí un sentido de la estética muy diferente, digamos singular. Muy cerca del famoso Palacio (tan famoso que no le hace falta ni apellido), un elegante edificio de planta semicircular rodeado de jardines y embalses, está el Campus del Sur de la universidad. Es enorme y muy interesante. Muchos edificios con servicios como salas de música, con piano incluido, o taller de autoreparación de bicis, distintos tipos de restaurantes y jardines inmensos rodeándolo todo. Es verdad que también hay elegantes iglesias, casonas señoriales, bonitas plazas y muchas tiendas, pero tuve la impresión que todo orbita en torno a los centros de estudios y de investigación. Me llamó la atención que en una ciudad mediana, había iglesias de tantas confesiones, aunque no destaca precisamente la diversidad cultural. Encontré pocas personas sin hogar en comparación con ciudades francesas y belgas. Pero lo que más abundaba, sin duda, era el bosque: rodeando la ciudad y atravesándola en forma de parques.

Paseando por los barrios de Karlsruhe, me sorprenden los jardines abiertos de las casas unifamiliares, con puertas de acceso de cristal, ventanas sin rejas. Los jardines sin valla, con parterres decorados con animales y huevos de Pascua, como en Navidad, le daban colorido al ambiente frío y sobrio que encontramos allí. Eso sí, la limpieza de las calles y el respeto de la gente es una constante por toda la zona que recorrí.

Un día fuimos a Baden-Baden, ciudad termal en plena Selva Negra, muy célebre a mediados del XIX como destino turístico de las clases acomodadas de Europa. Todavía está impregnada de ese aire elegante y romántico, más señorial y menos oscuro que otras ciudades. Grandes palacios, lujosos hoteles, bonitas casas y, atravesando la ciudad, un precioso paseo ajardinado bordeando el pequeño cauce del río Oos (por fin, algo fácil de pronunciar). El nombre y número de las boutiques de alta gama daban una idea de sus precios y clientes.

Otro día lo pasamos en Heidelberg. Preciosa ciudad con un ambiente muy diferente: más alegre, pintoresco, con un turismo más variopinto y un centro de la villa que gira en torno a la ribera del Neckar. Mucho estudiante y gente joven. No me extraña que tengan la universidad más antigua del país y una de las más prestigiosas de Europa. Un impresionante castillo de piedra rojiza preside la colorida ciudad desde una montaña cercana.

Los maestros de la cerveza

En cuanto a la comida, lo típico es la salchicha y el chucrut, pero hay restaurantes de todos los estilos. Me encantó uno donde fuimos que fabricaba su propia cerveza, y se podían ver y oler las tinas que desprendían el vapor y el aroma del lúpulo. No se sirven tan frías como en Andalucía, que a veces rozan el punto de congelación, sino solo frescas. Pero su sabor es exquisito. Las proporciones allí son distintas: una cerveza normal es para ellos una jarra de medio litro. No sé si las hay más pequeñas, pero nos advirtieron que podía ser una ofensa para el mesonero y no quisimos enemistarnos. La jarra más habitual en otras mesas era de un litro, incluso de personas mayores que yo. Había tarifa plana (en serio) de 15 o 20 euros para tomar no sé cuántos litros. En otra terraza llegué a ver grupos de tres o cuatro personas que disponían en su mesa de un barrilito con su grifo para servirse a discreción. Su fama de cerveceros la tienen bien ganada.

El idioma alemán merece mención aparte. Es una lengua que tiene una inclinación exagerada por las consonantes: en una palabra ponen una vocal cada 4 o 5 y eso las hace impronunciables. Para colmo tienen caracteres diferentes, como la que se asemeja a la beta griega. Tan extraño me parece el lenguaje, que vi un cartel y juraría que estaba del revés. Para mí, tanto daba. La palma se la llevó el nombre de la famosa carretera: Schwarzwaldhochstraße, preciosa a pesar del nombrajo, y que abre paso hacia la Selva Negra. Nosotros la recorrimos hasta un apacible lago glacial lleno de bruma y salpicado aún de nieve en los alrededores.

Los precios en Alemania son algo más caros que en España pero no tanto como en Suiza. Aunque se encuentran excepciones. Como un día que en el supermercado quisimos comprar una caja con cuatro copas normalitas (parecía que estaban en promoción) y cuando miramos la factura y vimos que el importe era 44 euros fue un poema tener que devolverlas. Menos mal que una señora alemana que sabía español vino a socorrernos desde lejos, con desespero, como si estuviéramos ahogándonos…

Me alegro del viaje, aunque no me haya dejado prendada. Tal vez Berlín, si voy un día, consiga cambiar esa impresión. Ya veremos

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