El día que no conocí el mar

El primer día que fui a la playa no vi el mar. Tenía 7 años, unas sandalias blancas y recorrí la playa sola a aunque iba en una excursión escolar. Apenas me fijé en la gigantesca masa de agua azul grisácea donde acababa la tierra, como si allí empezara el fin el mundo; ni recuerdo la amenaza de las olas que querían engullir la arena sin descanso. Solo quedé fascinada por las inmensas dunas de arena donde mi mirada y mis pies se enterraban al andar. Con las sandalias blancas.

Al final voy a contar mi historia a pedazos, una retahíla de “batallitas” de abuela, antiguas, manoseadas y que quizá a nadie interesan. Solo a mi. Solo a mi niña herida y a la adulta que está decidida a consolar a esa pequeña por todo aquello que no pudo llorar, aquello que nadie pudo mirar y que ni ella misma pudo entender.

Hice el tercer curso con 7 años, muy pronto porque venía directamente de primero. Allí coincidí con mi hermana mayor, inseparable compañera con la compartí desde entonces pupitre, libros, caminos de ida y vuelta al colegio, desayunos y almuerzos… ¡hasta dormíamos en la misma cama! Durante 14 años convivimos a todas horas en el colegio y la casa y donde atravesamos aventuras y desventuras. Risas cómplices, admiración y curiosidad, pero también rivalidad y competencia, desconcierto e incomprensión.

Cuando aterricé en la clase, me debatí entre el alivio de tener una cara conocida entre niñas mayores y una inquietud que no pude identificar ni manejar en aquel momento. Cuando terminé el primer curso la profesora, doña María, me regaló un libro y una minúscula bolsa alargada donde se apretaban unos 7 u 8 caramelos, una distinción a las tres mejores alumnas. Para mí fue un trofeo gigantesco. Cuando llegué a casa, mi madre cogió la bolsa y repartió los caramelos entre mis hermanos. Parece natural ¿verdad? Pero yo no lo viví así. Ese insignificante gesto fue un mazazo para mi endeble personita en aquel momento.

Nunca me había sentido vista y menos aún reconocida. Fue la primera vez que sentí que alguien, además una persona de “autoridad”, me distinguía de alguna manera. Mi madre no supo dejarme saborear esa alabanza y me arrebató el trofeo. Pretendiendo ser justa tratando por igual a todos los hijos, intensificó sin querer mi invisibilidad, mi insignificancia, le quitó valor a mi distinción. Y yo sentí una rabia y una frustración que nunca supe gestionar. En mi familia se penalizaba expresar un amplio catálogo de emociones como el miedo o la tristeza, aunque la censura variaba según el género y a las mujeres por ejemplo jamás se les permitía dar rienda suelta a la cólera o la frustración. No dudo que hubiera repartido el premio, no era importante comer unos caramelos, lo importante era su significado, claro.

Este acontecimiento fue un punto de inflexión en mi vida. La sorpresa y la satisfacción del reconocimiento, y la frustración porque fuera arrebatado antes de saborearlo, fueron tan intensas que me provocó cierto desdoblamiento, una sensación de irrealidad, como de ensueño. Seguramente antes ya tuve experiencias parecidas y después muchas veces también, pero esa fue la primera que recuerdo haberlo sentido vívamente. Por otro lado, el gran estímulo que obtuve a veces de algunas profesoras es la causa por la que hasta hoy me sigue gustando estudiar y aprender.

La pesadilla

Durante meses después de aquel incidente tenía cada noche el mismo sueño. Yo participaba en una carrera escolar en la que también estaba mi hermana. Me quedaba atrás pero remontaba al final y sin saber cómo, la ganaba, y me premiaban con una bolsa de caramelos que mi madre repartía entre mis hermanas. Era siempre la misma historia pero con muchas variantes. Lo mismo era de día que una carrera nocturna, podía hacer sol o estar lloviendo, el suelo era de tierra o de asfalto, era en la ciudad o en el campo. Podía haber muchos espectadores o nadie, muchos o pocos corredores… pero siempre la misma trama. En la meta, una cinta o un juez, podía estar mi madre esperando o se quedaba en casa y ella tiraba los caramelos por el aire o los repartia en la mano uno a uno.

Pero aparte del cansino argumento, lo que me aterrorizaba era la emoción que se repetía: la rabia. Era tanta la cólera y la impotencia que me asaltaba cada noche, que me despertaba pateando a mi hermana que dormía conmigo. Y luego la culpa, el desconcierto…

Cada noche temía dormirme y quedar atrapada de nuevo en la pesadilla. Deseaba con todas mis fuerzas no soñar, pero era raro el día que no me despertaba angustiada o llorando. Me desconcertaba más aún esa furia matutina porque siempre fui pacífica y pacificadora. Yo era la típica niña buena, aplicada y dócil, colaboradora y divertida. A fuerza de ocultar las emociones inconvenientes para ser aceptada y cumplir con lo que creía esperaban de mí, la furia o el terror o la tristeza o la decepción, se quedaron atrapados dentro. Quedaron enterradas haciendo de las suyas en la oscuridad de mi conciencia como ratones en un sótano repleto y atrofiaban mi capacidad de reconocerlas y gestionarlas. Mi cuerpo se convirtió en el campo de batalla donde esas emociones hacían estragos en su lucha entre la necesidad de expresarse y ser amordazadas al mismo tiempo.

Pero un día todo acabó: tuve mi primer sueño lúcido. Antes de dormir, recuerdo que me resigné a que soñaría lo mismo de siempre, pero traté de convencerme de que podría darme cuenta durante el sueño que era una pesadilla para evitar sufrir. Esa noche la carrera era nocturna y el pavimento era de adoquines mojados por la lluvia. Nadie miraba, solo un grupo pequeño de corredoras en estrecha competencia. Yo, como siempre, me iba quedando atrás y en ese momento, como en una película de ficción, vi que la escena se paralizaba: yo me aparté a un lado y me dije en voz baja y con una sonrisa triunfante: “¿lo ves? Es el sueño de siempre, aunque parece que no puedes, ganarás, te darán el premio y te lo quitarán, pero no vale la pena enfadarse porque es solo un sueño”.

En ese momento, sentí una gran pero efímera paz. Seguí corriendo, la película siguió proyectándose y todo ocurrió como de costumbre incluidos mi enfado y mi frustración final. Pero al despertar recuerdo mi turbación. ¿Había estado “despierta” mientras dormía? No entendía nada. La conmoción de esa experiencia quizá hizo desviar mi atención de la rabia a la confusión y se marchó para siempre esa pesadilla. Ese día también tomé conciencia de mi poder (como el de todos, claro) y del miedo que me daba ese poder.

Tercer curso

En tercero teníamos una profesora, doña Pepita, que era un encanto. Una mujer delgada, encorvada y elegante, con un tic muy particular: emitía un ligero sonido al retener un poquito el aire al espirar y expulsarlo de un golpe por la nariz. Un gesto muy sutil que la hacía misteriosa y distinguida al mismo tiempo. Era una mujer bondadosa, una auténtica maestra. Sin decirlo, sabía transmitir el orgullo de tus progresos y la compasión con tus debilidades. Nunca humilló a nadie, exigía a cada uno en su medida, sin castigos, sin el maltrato de la indiferencia, la comparación, el abandono o la discriminación. Yo busqué con empeño pero sin éxito en ella a una madre, queriendo escapar de la ardua pero ineludible tarea de aprender todo lo aprendido gracias a la mía.

Recuerdo momentos entrañables de ese curso como cuando hicimos un semáforo para ir al baño. Un círculo de cartón forrado en papel verde de un lado, rojo del otro, colgado de un trozo de lana junto a la puerta. Si se veía el verde se podía salir al baño, si estaba el rojo había que esperar a que regresara una compañera. Esa idea me hizo darme cuenta de la importancia de ordenar la convivencia y cómo las normas a veces pueden ser garantía de libertad, de independencia. Ya no era el azaroso estado de ánimo de la profesora el que te permitía ir al baño o no, sino que había una razón objetiva y justa que te permitía ir o te obligaba a esperar.

Recuerdo los trabajos manuales y las clases de pintura. Ahí empezó a fraguar la idea de que yo no tenía creatividad. Y es que veía a mi hermana tan brillante, hacía dibujos como una profesional, nada se le resistía… y yo, por más que me esforzaba, apenas alcanzaba a copiarla. Pero en otras materias, aunque también era lista, ella no obtenía tan buenas calificaciones porque no era disciplinada y constante como yo. Mi hermana era muy sensible, vivía en un mundo propio y creo que le costaba entender y conectar con el mundo.

Cuando terminó el curso seleccionaron a las mejores alumnas de varios cursos y les concedieron como premio la excursión de un día en la playa. Al llegar a casa con la noticia de que fui seleccionada, mi madre dijo con firmeza que ni hablar. Que o íbamos las dos o no iría ninguna. Al día siguiente, se plantó en el colegio a hablar con la directora. Pero por más que argumentó, no hubo manera de convencerla así que decidió dejarme en tierra. Doña Pepita intervino y habló con mi madre para que no me castigara de esa forma y finalmente mi madre accedió.

La excursión

Recuerdo como si fuera ayer la mañana temprano cuando mi madre me preparó una taleguita de tela con el bocadillo de chorizo en manteca hecho por nosotros mismos y una naranja. El aroma que desprendía era tan fuerte que cualquiera a mi paso podía adivinar el contenido de mi almuerzo. Me acompañó al autobús y me dio unas monedas para comprar unas chucherías. El enorme y viejo autobús olía a gasoil y estaba lleno de niñas. Yo me senté casi al final, al lado de una con la que no recuerdo haber hablado en todo el trayecto. La mismísima directora vino al descampado cercano a despedirnos y algunas madres se arremolinaban también saludando con la mano. Salimos por fin camino a una playa de Huelva, entonces virgen, atravesando todos los pueblos de la vieja carretera ya que aún no había autovía. Paramos en uno de casas encaladas y aceras elevadas enjalonadas de grandes plantas florecidas en los arriates. Había un bar-panadería enfrente y todos entramos en tropel haciendo cola para ir al baño. Me compré una chocolatina de esas que tenían tres grandes onzas, rellenas de licor afrutado y envueltas en papel aluminio de colores. Al abrirla vi impreso en el interior un mensaje: me había tocado un premio, otra chocolatina. Sentí una intensa emoción agridulce porque no tenía a nadie con quien compartir mi alegría. De nuevo un premio inesperado y enorme, de nuevo emociones encontradas y enterradas.

Seguimos camino adelante y por fin llegamos a la playa un caluroso día de verano. Las niñas de diferentes edades se dispersaron en una rápida carrera en todas las direcciones como hormigas saliendo de un hormiguero. Yo, temiendo por igual ser vista que ignorada, empecé a pasear sin rumbo ni objetivo por la playa inmensa implorando mentalmente que alguien viera mi pena y me auxiliara, que evitaran que fuera engullida para siempre por los inmensos arenales.

Deambulaba sintiendo la extraña sensación de enterrar mis pies en la arena caliente. Con el sudor del verano, los minúsculos granos amarillos me arañaban la piel por entre las cintas de las sandalias. Eran unas alpargatas tipo romanas abotinadas, atadas con una cinta ensartada en aros de cuero blanco que partían de la suela. Al fin me atreví a quitármelas y a hundir mis pies desnudos en la arena caliente. Empecé a sentirme algo más liberada, más cómoda dentro del caparazón de bicho raro que imaginaba que los demás veían en mi.

Inmensas montañas de arena amarilla y mis sandalias blancas en la mano. Y el vacío, la soledad, la tristeza. Echaba de menos a mi hermana, mi inseparable compañera de curso , sin la que me sentía perdida como un siamés separado de su gemelo. Me debatía entre el desconcierto de recibir un premio inmerecido a juzgar por la reacción de mi madre y la culpa por no poder disfrutarlo ni agradecerlo. Absorta en las ondeantes crestas de las dunas, con la vana esperanza de que me ayudaran a desaparecer, olvidé levantar la cabeza para ver el mar. Solo acertaba a mirar de reojo a las dos profesoras que paseaban juntas charlando tranquilas, ajenas a mi desdicha, cerca de la orilla.

Esta tarde en Burdeos me acordé de ese día enterrado en alguna ondulación de mi conciencia. El distanciamiento de una persona amiga, supongo, removió el vacío, la tristeza y la soledad. Hice una meditación para desenmascarar la inquietud que sentía y ella trajo a primer plano esta pequeña historia. Cuánto aún por desaprender, cuántos caminos trillados que borrar y cuántos que trazar de nuevo para cambiar patrones y tendencias. Acoger mi valía, comprender que merezco lo bueno, permitirme el disfrute, aprender a expresar la rabia y la tristeza sin miedo a perderme en ellas… No pasa nada, una vez mirado de frente y aceptado todo esto seguimos adelante mi niña y yo caminando con dificultad, pero juntas, a través de inmensas montañas de arena. Buscando el mar.

Un comentario en “El día que no conocí el mar

  1. Locacordura

    Hola Prima encontrada. Me gusta leer tus historias de niña. Ahí voy descubriendo familia que no conocí, momentos de vida en que nos vamos forjando como adultos y que se gravan en nuestro ADN para hacernos como somos. En tus relatos también me doy cuenta de que la vida se ve de diferente manera según cada uno lo vive. Así un mismo echo es diferente para cada persona que lo ha pasado, y lo que para ti (uno) significa, para el otro es totalmente diferente. Seguramente las escenas que explicas con tus hermanas, o madre, o padre… para ellos no significaba lo mismo. No dolía igual, no importaba tanto.
    Mi madre nunca nos ha explicado casi nada de su familia. Ella lo achacaba a la poca memoria, (después he sabido que no ha querido recordar mucho porque los recuerdos le hacían daño) y ahora que empezó a explicar cosas una vez muerto mi padre, pues se le empieza a ir la cabeza y ya no sabemos distinguir la realidad de lo que ella prefería que hubiese sido. Te digo esto porque en varios escritos tuyos que leo y releo para empaparme de vosotros, nombras a mami como «la favorita» (supongo que porque fue la que se trajo cuando nació no pudiéndola dejar en el hospicio), pero en cambio ella si que siempre nos dijo que se sentía despreciada por la abuela, que la llamaba loca por querer correr, saltar y jugar por los campos. Que no la dejaba salir con las hermanas al pueblo y la tenía siempre bajo yugo. Explica que su buena maña con la aguja la hizo ocuparse de tener ella el encargo de confeccionar ropita para la familia. Recuerda siempre la reprimenda que obtuvo un día por cortar una sábana para hacer braguitas a todas. La abuela trabajaba mucho en el campo, y ella se sentía sola, sin libertad, sin apoyo.
    Poco podemos hacer ya por ellas, únicamente entenderlas ya que no tuvieron una vida fácil (ninguna lo es) y cada una lo hizo como buenamente pudo.
    Sigue rescatando historias de tu niña pequeña, sigue explicando y recordando desde tu posición, porque será tu verdad. Será tu historia.
    Nosotros estamos encantados de descubrirte, de escucharte, de esperar que tus vivencias sean reparadoras y sanen esa infancia que no te gustó. Lanza ahora los gritos que reprimiste.
    Espero tus historias, que son las mías. Tu familia que ahora la siento un poquito más mía.
    Y gracias por hacerme entrar ganas de ir a descubrir esos lugares de los que hablas, esa Andalucía desconocida para mi. Esa tierra de ellos, de los que vengo.
    Un fuerte abrazo. Deseando encontrarte.
    Núria.

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