SONIDOS DEL BOSQUE

El olor a hospital y a libro viejo se quedaba pegado a la garganta de María, como un nudo que solo el aire de la sierra lograba deshacer. Cada viernes, al bajar del autobús, dejaba atrás los caminos de tierra compactada y se adentraba en la espesura del bosque. Solo entonces comprendía que el silencio no era ausencia de sonido, sino todo lo contrario: el agua entre las piedras, el roce de las retamas en sus botas, el golpe seco de una piña al caer, el vuelo de un gavilán sobre su cabeza. Caminaba sin rumbo entre jaras y romeros y, con cada paso, algo dentro de ella se aflojaba.

Aunque la universidad la decepcionó desde el principio, tenía que terminar los estudios de medicina. Sus padres pagaban el piso de la capital con el sudor de su frente. Estudiaba cómo curar a otros, aunque ella solo se sanaba cuando el zumbido de las cigarras apagaba el de su propia cabeza.

Un domingo, antes de volver a las aulas, se dio un paseo cerca del arroyo y se sentó en una piedra. Sin saber bien por qué, encendió el teléfono, lo puso en alto y esperó. Por un momento se dijo que era una tontería, que no estaba grabando nada. Luego prestó atención y oyó una cigarra, un mirlo, el agua borboteando alrededor de una roca. Sonrió. El silencio también tenía voz.

–¿Otra vez vienes del monte? –le preguntó su padre–. No sé qué haces allí.

–Escuchar. Allí se oye mejor.

–¿El qué?

–Todo.

El arrullo del agua y el roce de las copas de los árboles mecidas por el viento velaban sus noches de vigilia frente a los apuntes de anatomía. En el piso compartido de la capital, cuando la ansiedad la hacía saltar de la silla como un resorte, se ponía los auriculares. Aunque la grabación era un pálido eco de la realidad, algo en su mente se ordenaba; los nombres de los huesos y de las enfermedades fluían mejor si de fondo croaban las ranas o siseaba el viento en el jaral.

–Así que estudias con sonidos de grillos –bromeó uno de sus compañeros.

–No son grillos. Si lo escucharas lo entenderías.

A partir de entonces, aprendió a callar, a refugiarse en sus libros y a seguir adelante mientras los demás solo veían en ella a una estudiante que no terminaba de encajar.

Se graduó por fin, sosteniendo el título como quien sostiene una armadura. Cuando volvió al pueblo, aliviada por la tarea terminada, encontró a su madre en la puerta con las manos estrujando el delantal.

–Es tu padre. Estaba almorzando y de pronto se le resbaló el tenedor de la mano. Quiso decir algo y no pudo. Se cayó al suelo, pálido y sudoroso. Una ambulancia acaba de llevárselo –le contó con la frente arrugada.

A María se le aflojaron las piernas y enmudeció mientras preparaba una bolsa para acompañar a su madre. Cuando lo trajeron a casa, María le confesó a su madre:

–Tantos años de estudio y ahora no puedo hacer nada para ayudarle.

–Tú no tienes la culpa –le respondió la madre–. Así es la vida. El trabajo de un jornalero es siempre duro y se pagan las consecuencias. Anda, ve a darte un baño en el río a ver si se te enfría la cabeza, que no para de darte vueltas.

Durante mucho tiempo no abrió las cajas donde guardaba los libros de la carrera y el fonendoscopio. Como si no supiera cómo escuchar con él. De nuevo empezó a sentir que se ahogaba en aquella casa encalada que la vio nacer, viendo con impotencia cómo su madre cuidaba de su padre atrapado en un cuerpo que no respondía, encerrado en el silencio, recostado en un viejo sillón frente a la ventana.

Una madrugada, rebobinó una grabación una y otra vez. Siempre ocurría lo mismo: una oleada de viento, un crujido, insectos. Se inclinó hacia la pantalla. Volvió al principio una y otra vez. Una idea empezó a perseguirla desde entonces. Terminó presentando un proyecto de investigación, que casi nadie entendió.

–Con el expediente que tienes ¿vas a desperdiciar tu carrera escuchando pájaros? –le dijo una amiga.

Pero ella estaba convencida de que aquellos sonidos hacían algo más que tranquilizar. Y quería averiguar qué era. Al principio fue un trabajo como otro cualquiera, una evasión, pero pronto se convirtió en fascinación. Durante meses escuchó cientos de horas de grabaciones. Una madrugada descubrió que siempre al amanecer cantaban los petirrojos, al mediodía las cigarras, por la noche, los crujidos lentos de madera. Cerró los ojos: el bosque nunca callaba, solo cambiaba de voz. Y ella empezaba a captar su ritmo, su cadencia.

Sus vecinos, que aún esperaban verla un día con bata blanca y estetoscopio, la observaban extrañados mientras ella instalaba cables entre los alcornoques.

–Con la carrera que tienes, María, ¿qué haces aquí escuchando cigarras? –le decía un vecino al pasar.

–Escuchar también es una forma de curar.

El hombre se alejó meneando la cabeza. Su madre respiró aliviada al verla recuperar el entusiasmo aunque no entendiera qué significaba lo que hacía. La veía levantarse por las mañanas dispuesta a recorrer las mismas fincas de siempre, aunque no buscaba leña ni pasto, sino los murmullos del bosque, el silencio del campo.

A veces, ajustaba los auriculares sobre las orejas curtidas por el sol de su padre para ver si tenía alguna reacción. Usaba las primeras grabaciones, esas que a ella le calmaron tantas veces la ansiedad en la capital cuando tenía que estudiar. Pero él seguía inmóvil.

–Déjalo ya, hija –le dijo la madre.

Decidió abandonar. Empezó a recoger el equipo convencida de su fracaso. Minutos después creyó percibir un leve temblor en la mano izquierda del padre. Se quedó quieta. Pensó que había sido una ilusión. Entonces el índice volvió a levantarse unos milímetros. Aunque nunca volvió a recuperar la voz, se sentía aliviada de traer de vuelta a su padre y consuelo a su madre.

–Ponle los cascos a tu padre, que duerme mejor con ellos –decía la madre.

–El otro día vi que sonreía cuando oyó el canto de un búho.

María se comunicaba con su padre con el código simple pero eficaz.

–¿Tienes frío?

Su padre movió dos veces el dedo: era que no.

–¿Tienes hambre?

Lo movió solo una vez: era que sí.

Una tarde le preguntó con dulzura a su padre:

–¿Te apetece escuchar el bosque?

Su padre alzó una sola vez el índice.

Sonaron las cigarras, el agua entre las piedras y el viento entre las copas.

Finalista en el VI Certamen de relatos Nila Flores Cebrián

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