LA VIDA DE UNA SOGA

Nací en la fábrica de yute de Cádiz, a mediados del siglo pasado: tres cabos de fibra de pita trenzados con esmero y kilómetros de soga alrededor de flamantes rollos metálicos. Desde el principio supe para qué existía. No había misterio: estaba hecha para sostener y resistir. Lo que no imaginaba entonces era que no todos los pesos se sienten de la misma manera.

Pasé cuatro meses en un almacén esperando que alguien necesitara mi fuerza. No hay nada peor para una soga que permanecer sin uso. El polvo se acumula entre los hilos como si fuera tiempo muerto. 

Hasta que un día salí por fin a la luz.

Una camioneta nos llevó a la ferretería de Olvera, en la serranía gaditana. Allí comenzaron a cortar el ovillo: quince metros para Pepe el del carril, treinta para Alonso el del tajo, tres para Juan el arriero. Cada trozo tendría una vida distinta. Yo observaba cómo desaparecían uno tras otro, cumpliendo su destino. Cuando empezaba a perder la esperanza de que alguien me quisiera, llegó Encarnación, la pavera y compró los doce metros de soga que quedaban.

Desde el primer día supuse que en su casa había trabajo, no por lo que decía, sino por cómo apretaba los dedos al probar mi firmeza. Pero tal y como llegué, me colgó en una alcayata del cobertizo y allí empecé a criar telarañas. Solo me distraía observando los cerdos en la zahúrda, los reflejos del sol en el limonero del patio y el ir y venir de los pavos en el corral. Me desesperaba a veces. Me usaban solo de higos a brevas: para pasear a la yegua, para sacar agua del pozo cuando la sequía bajaba el nivel o para colgar los cerdos de la viga durante la matanza, al llegar los fríos del invierno. ¡Qué bien sentir cómo tensaban mis fibras, cómo confiaban en mi resistencia! 

Rope coiled on hook attached to wooden post with lemon trees in background

Encarnación criaba más de cincuenta pavos, por eso la llamaban la pavera. En tiempo de matanza el número disminuía. A veces la gente se los llevaba de dos en dos. Era una mujer delgada, pero de manos recias y brazos fuertes, de las que nunca piden ayuda. Ella sostenía la casa, los animales, el negocio y a su hijo. A veces también a Manuel. 

Manuel, su marido, era diferente. No hacía falta saber mucho para ver que estaba hecho de otra pasta: flojo como un hilo sin trenzar. Daba más trabajo que ayuda. A veces lo traían otros hombres de noche, oliendo a vino, con la camisa abierta y la mirada turbia.

—Dile a tu mujer que pague —decían.

Y él no levantaba la vista. Tampoco respondía.

Recuerdo una tarde que se acercó hasta el cobertizo y me agarró con rabia. Tiró de mis extremos como si quisiera arrancarme algo. Pensé que por fin me usaría. Pero no. Solo comprobaba mi resistencia. Luego me enganchó otra vez en la alcayata, sin decir nada.

Encarnación dejó de responder por sus deudas. Bastante tenía con lo suyo y con su hijo Salvador. Estaba harta de tapar los agujeros de Manuel. Lo dijo solo una vez, pero en su voz había una firmeza parecida a la tensión justa de un buen nudo. A partir de entonces, el aire de la casa cambió. Se volvió más tenso.

Una mañana los municipales se llevaron a Manuel al cuartelillo. Cuando volvió, traía los ojos apagados y los nudillos hinchados, como si hubiera dejado allí algo más que el orgullo. Caminaba como si algo dentro de él se hubiera aflojado del todo. Durante dos días no salió. Se sentaba en el patio, en una silla vieja, con el brazo apoyado en el respaldo y la cabeza hundida entre los hombros. Allí pasaba las horas muertas, sin hacer nada, con la mirada perdida. Yo lo observaba desde mi sitio. Podía haberle servido para sostener pesos grandes, animales enteros colgando de mí, o suspender cántaros de agua en las alforjas. Pero no. 

Al tercer día volvió a salir y regresó con otra cogorza.

Salvador era quien más tiempo pasaba conmigo. Era un joven tímido, pero tenía las manos ágiles y curiosas. Me desenrollaba y me enrollaba de nuevo, probando nudos distintos, lazadas corredizas que se cerraban con un leve tirón, vueltas firmes que no cedían. Yo me dejaba hacer; sus maniobras me sacudían el polvo y me sentía viva, flexible.

En sus manos todo era juego. Había un nudo que le gustaba especialmente. Lo repetía una y otra vez, hasta que le salía perfecto: firme, limpio. Después, me ajustaba bien el hatillo para que no me desmadejara y me colgaba otra vez: tensa, ordenada, útil.

Algunas tardes salíamos con la yegua. Me ataba a la cincha y, con un gesto mínimo de la mano, guiaba el paso del animal. Era una delicia cruzar olivares y huertas, oír el agua en los riachuelos. El mundo parecía más ligero. En la fuente de Abajo, la yegua bebía y yo me empapaba, dejando que el agua aflojara la rigidez de mis fibras resecas. A veces había que tensarse y otras ceder. Pero no siempre se puede elegir.

Una noche, Manuel regresó peor que nunca. Traía la cara ensangrentada y la ropa rota. Discutieron largo rato. Ella le reprochaba las deudas, hablaba de límites. Él repetía, con una calma extraña, que no volvería al cuartelillo. Que por nada del mundo pensaba volver. Y aquella frase quedó flotando en el aire, como un cabo suelto.

Bien entrada la madrugada, apareció en el cobertizo con un candil. La luz temblaba, pero sus manos no. Me descolgó despacio. 

Me palpaba de forma diferente. No era la torpeza de otras veces. Me tocó fibra por fibra, comprobando mi firmeza, como suelen hacer antes de confiarte un peso importante.

El nudo que estaba haciendo lo conocía. Los giros, la tensión, el modo en que el lazo se cerraba… Había visto aquellas vueltas decenas de veces en manos de Salvador. 

Con una destreza que no le conocía, pasó uno de mis extremos por encima de la viga. Probó el lazo y lo ajustó alrededor de su cuello. Se subió a una banqueta y la apartó de una patada. 

De pronto sentí un tirón seco. Soporté sin romperme todo el peso de su cuerpo. Mis fibras respondieron como siempre. Sentí cómo toda la carga caía sobre mí. Nunca había sostenido un peso como aquel. Pero yo hice lo que se espera de mí: resistir. 

Tardaron mucho en descolgarlo. 

Después me echaron al fuego. Ardía en la hoguera de las matanzas y la candela deshacía el trenzado que me había dado forma. Por primera vez no tenía que resistir, sino ceder. Mientras me desintegraba fui soltando todo lo que había sostenido: el agua del pozo, los cuerpos de los animales, las manos de Salvador, la rabia de Encarnación, el vacío de Manuel. No quedaba fuerza, ni utilidad, ni forma. 

Pero el aire seguía tirante.

Premio del XIX Certamen de relato “Las palabras escondidas”.

Deja un comentario