Astronauta

  Mi primera semana confinada en Francia y ya me siento como una astronauta, caminando por una tierra desconocida e inhóspita, presa de la tristeza y el miedo por la distancia y el aislamiento del resto de la especie humana. Salgo a pedalear por las calles mudas con mi casco-escafandra, y parece que hubieran fumigado un hormiguero. No queda vicho viviente en pie, sólo algún que otro espécimen desorientado y tambaleante, esperando a que el veneno termine de hacer efecto.
  
Hoy estoy trágica, sí. En pleno duelo. Por la libertad perdida, por la vida apagada, por una parte de mí fallecida. El confinamiento ya vivido en España la primavera pasada no me ha inmunizado y eso que era aún más estricto que este. De una bofetada me enteré lo lejos que están mis hijos, mi familia. La distancia con mis amigas, la imposibilidad de contacto con la gente más cercana. Me siento en una celda de aislamiento en la que me permiten un paseo diario en el patio de la prisión. Pero sola.

Tengo contacto con el mundo exterior a través de la enorme ventana de mi apartamento y sobre todo, a través de las múltiples pantallas (tv, ordenador, móvil...), como si viajara en el tiempo en una cápsula estelar, en una especie de cohete. Cuando veo reflejado en los píxeles de la pantalla a alguien querido, la alegría aflora. Pero cuando se corta la comunicación, de nuevo el silencio estéril. El vacío. Parece que estuviera a años luz del mundo, del planeta Tierra. 



Añoro los contaminantes y ruidosos coches, a los destartalados pedigüeños, a las estiradas señoras de nariz arrugada, a los jóvenes trajeados con zapatos de puntera, las pandillas de jóvenes alborotadores, los tranvías repletos. Me duele no poder ir a clase físicamente, ni de francés, ni de canto, ni poder visitar a conocidos, ni recibir a nadie en mi casa. Me siento insegura e impotente por no poder franquear el perímetro imaginario de un kilómetro, salvo causa justificada o excusa bien urdida. Si no, amenazan no solo con una multa sino ¡incluso con la cárcel!.


Una montaña rusa

De nuevo un cambio de rasante en la montaña rusa de mi vida. Otra vez más tensa, duermo peor, me duele el cuerpo de la tensión. Emociones encontradas que luchan en mi cabeza. La mente no para de decirme la suerte que tengo por no tener que preocuparme demasiado (de momento) por el dinero para vivir, para comer. Por alojarme en un agradable apartamento sola como quería (¿de qué te quejas?). Lo agradecida que debería sentirme por mi salud, por mis hijos, mis amistades, por la tecnología a mi alcance (tengo hasta una tableta!), por mis nuevos proyectos… Pero luego está mi corazoncito. Mis emociones se rebelan como las de una adolescente iracunda que no quiere estar encerrada a la fuerza y sin ver a los amigos. No quiere que le digan lo que puede hacer y lo que no; que está harta de las reglas y límites cada vez más estrictos; que se siente impotente como si le taparan la boca y le impidieran gritar, como si le cortaran las alas y no pudiera volar. Está claro que vine aquí para vivir mi adolescencia perdida y la voy a vivir con todos sus matices, no sólo con los más agradables.

Los primeros días, traté de sofocar las emociones, de distraerme detrás de películas y documentales de todos los colores. Pero ya no pude esconderme más. Hoy empecé a lidiar con ellas, a afrontarlas. Medité para coger fuerzas y me asomé a comprender qué es lo que estaba despertando en mí el sentirme sola en esta ratonera. Pude conectar con mi propia adolescencia, situaciones concretas donde sentí emociones parecidas aunque provocadas por circunstancias bien diferentes, claro. Pude dejarlas aflorar, salir, escapar. Al poco se diluyeron y me sentí más calmada, empecé incluso a saborear y disfrutar del silencio, la calma y la libertad de cada minuto del día. Es un ejercicio que aprendí después de mucha práctica y mucho dinero invertido en terapias y formaciones. 

En esa conexión profunda conmigo misma rememoré el momento de mi primera menstruación. Recibí la "buena nueva" en el baño de la casa de mi amiga donde preparábamos el ágape de la fiesta fin de curso. Faltaban unos meses para entrar en el instituto y para que cumpliera 14 años. Aunque ya era mayorcita, la información era escasa y la preparación nula, así que la noticia me dejó congelada, sin poder reaccionar. Esto de bloquearme es una respuesta típica en mí en situaciones que me desbordan. (Una disgresión: ante una situación que nos supera muchos reaccionan luchando, otros huyen, yo me hago la muerta. No podemos pararnos a pensar y decidir cómo reaccionamos, lo tenemos programado desde niños y cuesta mucho cambiarlo).

Como iba diciendo, no por esperada, era menos sorpresiva la noticia. Me sentí una alienígena. Más de lo habitual. No dije nada a nadie, ni siquiera (por supuesto) a mi madre. Me sentía una extraña en mi cuerpo, no entendía en lo más profundo qué significaba aquello, pero sabía que mi mundo había cambiado desde ese instante. Que algo se rompió para siempre.

Por la tarde, a la hora de ir a la fiesta, yo no quería ir. Mi hermana había descifrado un rato antes una declaración amorosa escrita por mí en un código secreto de mi invención. Era una historia ficticia pero con un conocido suyo y no quería exponerme a que me ridiculizara en la fiesta, comentándolo con las demás. Me sentía especialmente frágil y vulnerable. 

En aquella época me veía como de otro planeta porque no tonteaba con niños, no me gustaba ninguno, no imaginaba romances, no entendía por qué mis compañeras se ponían tontitas si las miraba el chico del que escribían el nombre por todos los cuadernos. Pero en realidad quería ser como ellas, quería pertenecer a su club, pertenecer a algo o a alguien. Quería forzarme a entrar en ese juego que no me divertía, quería inventarme un romance aunque no lo sintiera, quizá así llegaría a creérmelo y dejar por fin de ser un bicho raro viviendo atrapada en un frasco de cristal.

Mi madre me obligó a ir a pesar de mi resistencia porque si no mi hermana no iría: sí, esa misma hermana descifradora, con la que compartía curso. Sentí esa rabia pasiva, corrosiva, que no explota, que se queda dentro pudriéndose. No sé a quién iba dirigida esa ira, si a mi madre, a mi hermana o a mí misma. No podía analizar nada en aquel momento. 

Tuve que ir, pero me negué a entrar. Estuve toda la tarde y noche de mi primer día de regla en el zaguán de una casa cercana esperando a que mi hermana saliera para volver juntas a casa. Recuerdo cada uno de los azulejos rectangulares en damero blancos y negros que cubrían las paredes del pequeño portal. Allí pasé la primera tarde de mi vida de adulta, “encerrada” en dos metros cuadrados en plena calle, de pie, sola, paralizada por la rabia y la impotencia, amargada y triste mientras todos disfrutaban en la fiesta, con una sensación de extrañeza por todo, de alejamiento del mundo y de mí misma. No es raro que sea un trabajo ingente tratar de reconducir ahora esa manera de afrontar la vida.

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La ilusión

¿Y qué tiene que ver una cosa con otra? Pues mucho. Resulta que esas, como muchas otras emociones bloqueadas, no gestionadas, no liberadas en su tiempo… me asaltan una y otra vez y me sabotean cuando las circunstancias me recuerdan mínimamente estados emocionales de antaño. Esa tristeza que a veces no sé por qué aparece, esa irritabilidad, esa rebeldía sin causa… tienen su conexión con momentos como aquel. Solo cuando entro allí y abro la puerta para que el aire limpie, puedo seguir adelante con la vida. Solo cuando suelto algunas piedras de la mochila puedo empezar a disfrutar del camino, noto cierta ligereza y deja de ser un suplicio. Pero ay! Cuantos años cogiendo piedras….y qué hábil he sigo recogiéndolas.

Así que no me engaño mucho tiempo. Aún queda mucho trabajo por hacer (¿acabará algún día?): de nuevo por la tarde la apatía, la pantalla… ya me conozco: una forma de enterrar la cabeza bajo el suelo. Una parte de mí, como una madre paciente y cariñosa, me invita amablemente a mirar dentro a ver qué pasa, a meditar, a comprender y aceptar…. Pero otra se revuelve, se escabulle. Trato de ser paciente y compasiva con esta adolescente airada que habita en mi y que gracias al confinamiento está dejándose ver. Una buena oportunidad, después de todo, para conectarme más conmigo, para comprenderme, para quererme. Un momento que quiero aprovechar para explorar y fortalecer la confianza en que, aunque no lo parezca, todo está bien.

Nada es lo que parece y todo y todos estamos conectados aunque nos cueste creerlo a veces.  El otro día una llamada de mi hijo me hizo entender de un plumazo que el tiempo y el espacio no existen. No como lo entendemos habitualmente. Solo me dijo: “si me necesitas me planto ahí en unas horas”. Y de pronto sentí la cercanía, la relatividad de la distancia, del tiempo, de todo. Se me resquebrajó la ilusión (la irrealidad) de la separación, del dolor y del miedo. Sólo son inventos de nuestra querida mente. De golpe, ya me sentí acompañada, acogida, cercana. Ni más ni menos que como cualquier otra  alienígena divagando en un planeta habitado  por astronautas que cargan de aquí para allá con su pesada escafandra.