L’île de Ré y Le Puy du Fou

No es un trabalenguas. Son los dos últimos lugares que visité en Francia antes de venir a pasar el mes de mayo a Sevilla. La isla de Ré, en la costa oeste, frente a la Rochelle, está a pocos kilómetros de otras islas como la de Aix y Oléron. Sus nombres en francés tienen una sonoridad mágica y a esto se añade su mítico atractivo como destino turístico. A las dos más grandes se accede por un puente. A la de Aix solo por barco y gracias a eso es más salvaje, más auténtica aún. 

Visitar la isla de no puede decepcionar: tiene un equilibrio delicioso entre mar, verde y pueblecitos antiguos bien conservados, que sin embargo conservan su esencia. Un impresionante castillo rodeado de un foso medieval alberga una cárcel en mitad del islote. En el otro extremo hay extensos cultivos de ostras y salinas. Recorrimos la carretera que rodea la isla acompañados de hordas de bicicletas que circulaban por carriles especiales y que de vez en cuando dirigían a los visitantes hasta la orilla. Por todos lados había tiendas de alquiler de bicis. Teniendo en cuenta que no es temporada alta, estoy segura que en pleno verano necesitarán refuerzos. 

Lo que más me gustó fueron sus pequeños pueblos de calles estrechas, empedradas y llenas de macizos de flores creciendo en las aceras; viejos mercados; plazas que rodean puertos llenos de veleros… y aunque tiene servicios, restaurantes, pequeños hoteles, discretas superficies comerciales, no se ha convertido de momento en un parque temático.

Le Puy du Fou

La verdad es que nunca me atrajeron demasiado los parques temáticos, o será que quedé harta después de tantos años visitándolos con mis hijos (me dan miedo las atracciones, me molestan los ruidos fuertes y no me agradan las multitudes), pero tengo que romper una lanza a favor de uno: Le Puy du fou: La colina de las hayas, significa en francés antiguo (en francés contemporáneo significa “el pozo del loco”). Está situado cerca de la costa oeste, en plena región de la Vendée, rodeado de inmensos bosques frondosos y coquetas aldeas, y a más de una hora del aeropuerto más cercano, Nantes. Es el más premiado de Europa, uno de los más reputados a nivel mundial y el más visitado después del de Disneyland París. 

Desde que llegué a Francia me hablaron de él: un parque temático de historia, decían, y yo no podía imaginar de qué iría aquello: me gusta la historia, pero me parecía incompatible con la diversión y el disfrute. 

Por fin me decidí a ir, llena de expectativas y escepticismo a partes iguales. La suspicacia aumentó a medida que las carreteras se estrechaban, y nos adentrábamos en un lugar cada vez más remoto. Empecé a tener serias dudas de si sería para tanto lo que encontraríamos en un sitio tan apartado. Pero la experiencia fue brutal. Llegamos un día soleado y tibio. Apenas habían abierto y se notaba una afluencia de gente constante, calmada, ninguna masificación ni excitación incontrolada. Fuimos deslizándonos en la entrada hasta sumergirnos en otro mundo. Paseamos por parques que representaban las leyendas de La Fontaine en bosques y mobiliario de la época, pequeñas aldeas medievales o renacentistas que alojaban discretas cafeterías o servicios; fuentes, estanques, cascadas, jardines románticos con árboles exóticos o huertos con plantas aromáticas.

Todo estaba cuidado hasta el mínimo detalle, especialmente las plantas. Se percibe enseguida una organización eficaz y la profesionalidad y la discreción del personal.

No es un parque al uso, nada de tiovivos ni norias, sino una experiencia inmersiva donde en cada paseo, en cada espectáculo, en cada visita, vives distintos momentos históricos. Hacen un moderado uso de la tecnología para reforzar efectos, sin que tome nunca el papel protagonista. Los protagonistas son los actores, los animales, la naturaleza y sus elementos. 

Cualquiera puede consultar en internet el programa de actividades, los detalles técnicos o las cifras que definen el parque. Pero la vivencia es difícil de transmitir. Solo diré que asistí a la batalla de Verdún, donde atravesé una larguísima trinchera llena de soldados que disparaban subidos a taburetes y rodeados de ratas, ropa tendida y oficiales escribiendo. Grité cuando el suelo retumbó (literalmente) al caer una bomba; me angustié cuando la gruta se llenó de humo y pasó a mi lado un “soldado” protegido con una aparatosa máscara antigas…En fin, un antídoto para la guerra, ojalá para todos.

Más tarde, atravesé mares tempestuosos junto al explorador La Perouse, donde por poco me da el “mal de mer” (las fatiguitas del mar) de lo que se movía la “nave”. Después de descubrir paisajes helados y maravillas de todo tipo terminó naufragando y rodeándonos los chorros de agua que empezaron a anegar el barco a punto de hundirse.

Los espectáculos

Más impactantes aún fueron los espectáculos. El primero en el que participamos (sí, los espectáculos no se ven, se participa en ellos) fue la representación de una escena en la que más que el argumento o el magnífico vestuario me impresionó el baño de aves que todos nos dimos: pájaros de todo tipo: palomas, halcones, águilas, cigüeñas, y hasta un esperpéntico pájaro secretario, con patas delgadas y altas como un zancudo, que se alimenta de serpientes. Dirigidas por los cetreros nos sobrevolaban constantemente y nos envolvían en un baile de ensueño. 

Four chariots racing on dirt track inside a large ancient Roman stadium with cheering crowds

Los demás espectáculos, inenarrables: batallas, incendios, barcos que se hunden… Pero para una muestra, basta un botón: el anfiteatro. Es una recreación fiel, en piedra, con aforo para 6.000 personas donde se desarrollaron escenas de época con un realismo y una pericia que capturan completamente al público que participaba en el festejo. ¡Exactamente como antaño! Yo misma vitoreé a los galos frente a los romanos, hice la ola, me desgañité alertando a los que iban a ser alcanzados… y salté de terror en el asiento cuando unos le rebanaban el cuello a otros y salpicaban chorros de sangre por doquier. Al final, una carrera de cuadrigas: cuatro carruajes tirados por cuatro caballos cada uno (como su nombre indica) y que, con la potencia de la lucha por avanzar, se chocaban y perdían ruedas en las curvas, o piezas que salían rodando por la arena. Impresionante.

Yo misma estaba sorprendida de mi reacción porque no soy nada proclive a dejarme llevar por las mareas humanas en conciertos, partidos deportivos o demás eventos… Pero allí quedé atrapada. Me sentí, como hacía muchos años, como una auténtica niña pequeña llevada por un entusiasmo inocente. Disfruté mucho.

No contaré más para no destripar la maravilla que recomiendo a todo el mundo ver una vez en la vida. Solo añadiré que me encantó el efecto de privacidad de los rincones con mesas de pícnic (no había más de seis juntas, rodeadas de vegetación), la sensación de calma del personal y los visitantes. A pesar de aforos tan numerosos como el del anfiteatro, las plazas se ocupaban con orden en menos de media hora y se desalojaban igual.

Visitamos el parque un solo día y es claramente insuficiente. No vimos, por ejemplo, ninguno de los dos espectáculos nocturnos. Hay que reservar con mucha antelación (la mejor época, la primavera) y cuando lo hicimos en febrero ya no había plazas. Pero no me arrepiento, porque creo que no hubiera podido asimilar más estímulos en una sola jornada. Me hubiera desbordado. A la vuelta estuve dos días tirada en el sofá. Tanta emoción me dejó contenta pero agotada. Así, además, tengo una excusa para volver y disfrutar de algún espectáculo que no alcanzamos a ver en un día.

En España hay otro, cerca de Toledo donde recrean nuestra historia: en vez de galos y vikingos hay árabes contra los que luchar, pero tiene la misma novedosa concepción. Lo que no sé es si reproducen la misma idea de negocio, que en Francia es muy original. Es una empresa enteramente privada, que cuenta con una asociación de unos 4.000 voluntarios, con escuelas de formación y programas que parecen que hacen del proyecto una idea sostenible para la región. 

Lo del nombre reconozco que para los españoles es una jugarreta: muy difícil de pronunciar. Aunque se escribe igual en ambos lugares, aquí se pronuncia más cercano al “paté de foie” que a Le Puy du Fu.

De todas formas habrá que ir a Toledo para comparar…

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