Imposible instalarse en Francia

Dar el salto a la independencia está siendo tan duro (casi) como lo fue en mi adolescencia. Me sentí rechazada en la casa de mi anfitriona, por mucho que ella tuviera sus razones, y me trasladé a un Airbnb inhabitable. No digo más que me mudé cuatro veces el fin de semana pasado.

El tema del alquiler en tierras galas para los extranjeros es difícil. Y para los atípicos como yo, casi imposible. Ni soy estudiante (no el típico erasmus) ni trabajo, ni pago impuestos aquí. Y desde luego no tengo parientes franceses con haberes que puedan servirme de garantía para poder poder firmar un contrato.   Después de echarle horas al ordenador, correos de aquí para allá, visitas a varias inmobiliarias, tirar de contactos y sufrir dos intentos de estafa por internet, me di por vencida.

Los timos, de los que me habían prevenido (ya me había ilustrado vía google del modus operandi), consistían en anunciadores falsos de viviendas falsas que te piden dinero antes de enseñarte el piso. Las dos veces se trataba de un estupendo apartamento, con buen precio y con prisas por alquilar, generalmente por traslado de trabajo. Extrañaba que dan demasiadas explicaciones y mira por dónde encuentran que tu perfil es el perfecto para ellos. Cuando mandé la documentación me explicaron que tenía que depositar 1.000 euros en tarjetas de prepago (se compran en estancos, pero con el código que te dan, cualquiera puede cobrarlos) y llevarlas a la cita donde supuestamente me enseñarían la vivienda. Mucho me temo que puedan usar mi identidad (de la documentación que envié) para intentar embaucar a otros con menos suerte que yo, que me di cuenta a tiempo.

Para evitar futuras complicaciones di parte a la policía que me aseguró, tras leer los mails, que se trataba de intentos de estafa. Así  que  cambié el chip: me decidí a explorar la opción de los Airbnb, que quizá por larga estancia podrían bajarme los precios. De nuevo a echarle horas al ordenador a la búsqueda y captura de algún apartamento no muy lejos del centro y a precio razonable. Todo esto con el aliento de mi casera calentándome el cuello. Finalmente me decanté por una casita independiente con jardín compartido con la propietaria, en un barrio limítrofe del centro, bien comunicado y tranquilo. Comercios, parques y gimnasio cercano. Mi casera se encargó de ponerme junto a la puerta horas antes de mi partida las 500  bolsas, paquetes y maletas para mi traslado y no paraba de preguntarme cuándo me iba. Llamé por fin a un Uber (también me estrené con esa alternativa a los taxis) y me fui para allá cargada de equipaje (¡las rebajas!): una verdadera mudanza.

Ya de camino me sentía inquieta. Pensé que la tensión de las últimas horas en la casa de acogida serían la causa. Mi casera, una señora muy mayor, se había lesionado la espalda y en vez de cuidarme ella la tenía que cuidar yo: la acompañaba a los médicos, fregaba cada día los platos y hasta la ayudaba a vestirse. La comida cada vez más descuidada y escasa y su carácter más agrio, especialmente cuando le confirmé el día que me iba. Quizá como todos sintió miedo, soledad, vulnerabilidad y bueno… cada uno con lo suyo. La ayudé con gusto, pero no vine a cuidar a nadie más que a mí. Y al mismo tiempo que la acompañaba y la atendía también era una carga para ella porque en teoría debía cocinarme, lavar la ropa….y no podía la pobre mujer. Así que elegí para irme el día que venía su único hijo que vive al norte del país a visitarla y que se habrá hecho cargo de la situación.

Llegué con mi Uber a la casita y nada más entrar se me encogieron las tripas. Es la manera que tiene mi inconsciente de decirme que algo no va bien. El entorno era agradable, pero el olor al entrar me sacudió desde lo más profundo. No es que fuera un hedor profundo, sino un sutil olor a humedad mezclado con cierto tufo a mascota que me cerró la garganta de un portazo. Poco a poco fui descubriendo la causa de mi desagrado: las paredes estaban sucias, el sofá blanco marroneaba del uso y la falta de limpieza; la alfombra y el edredón con pelos de mascota, internet no funcionaba… y un frío cortante no me dejaba ni pensar: no conseguía encender la estufa del salón. Explorando descubrí la fuente del olor insalubre: la trasera del fregadero estaba llena de moho.

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Los propietarios vivían en una casa en la misma finca, y cuando llegaron les expliqué la situación a lo que me respondieron que se iban esa misma tarde una semana de vacaciones, y que luego ya si eso verían qué pasaba con internet. Para combatir el olor a humedad me ofrecían un ambientador, me dijeron a las claras que no estaban dispuestos a llamar a un carpintero. (Inciso: los franceses tienen eso: son amabilísimos, pero no se andan con rodeos, son directos y claros como nadie). Al menos me encendió la estufa, aunque en las 24 horas que estuve allí la casita no llegó nunca a calentarse. Tuve claro que tenía que irme. Empecé a hacer llamadas, primero para poder tener internet (con los datos de mi móvil, otra cosa nueva que aprendía gracias a las indicaciones telefónicas de mi hijo) en el portátil y hacer más fácil las gestiones. Contacté con atención al cliente de Airbnb, les mandé fotos y me dijeron que me marchara y me devolverían el dinero.

Pero el problema es ¿a dónde me voy? Es la semana de vacaciones escolares y Burdeos está a tope de turistas, no hay nada asequible. Mensajes de ida y vuelta rechazando las pocas ofertas que parecían razonables. No comí en todo el tiempo que estuve allí, el estómago cerrado, y dormí con la ropa puesta, asustada por quedarme sola en aquella casita de juguete, por supuesto sin rejas, en medio del campo…

Por la mañana me despierta un ruido en el jardín. Me quedo inmóvil esperando descifrar qué puede ser la causa por el tipo de sonido. Ábren la puerta de un garaje contiguo dentro de la finca. ¿Se les habrá olvidado algo a los propietarios y han vuelto o serán ladrones? Paralizada, no puedo más que esperar a ver qué pasa. Al rato escucho varios hombres que hablan y sonidos de hazadas en la tierra. Recuerdo que me dijeron que vendrían a arreglar el jardín, quiero creer que son ellos aunque no suene ninguna cortacésped. Con el sol fuera ya y yo dando vueltas como pollo sin cabeza, se me ocurre que puedo quizá alojarme en una de las residencias de estudiantes que tiene la Allianza. Pero es sábado, están cerrados, así que empiezo a llamar directamente a dos de ellas que he seleccionado por el bajo precio y les explico el caso. Se me echa la hora encima, son las 12:30 y tengo que irme ya, antes de 24 horas, para que me devuelvan el dinero. Desesperada porque aún no tengo nada en claro y estoy bloqueada, llamo a una reciente amiga española y me ofrece una habitación en su casa. Desde ese momento empiezo a relajarme poco a poco.

Al abrir la puerta, confirmo que hay tres trabajadores en el jardín, que no están podando la vegetación, sino haciendo zanjas de medio metro como para meter tuverías. El suelo levantado entero y yo teniendo que saltar las zanjas con los bultos, menos mal que los obreros me ayudaron.

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Otro Uber me lleva a la dirección que me indica mi amiga, porque es tan reciente la amistad que nunca la había visitado. De nuevo cincuenta paquetes y maletas, sube y baja del coche, entra en el portal, sujeta la puerta con el pie y pidiendo que no te mire mucho la gente que pasa por la calle. Entro en su casa como quien llega a su hogar. Tenía claro que no iba a quedarme pero las horas que pasé allí me calentaron el alma y me dieron sosiego y fuerzas para seguir mi búsqueda. Después de comer con ellos (por fin! en la casita dichosa no pude probar bocado) reservé el apartahotel donde estoy ahora, un pequeño estudio superconfortable, con una cocinita y un gran baño, enorme cama, estupendo ventanal; limpio, cálido, seguro y con recepcionistas cercanos, amables y serviciales.

Me trajeron mis amigos en su coche. Otra peripecia porque se averió el ascensor y tuvimos que bajar todos los bultos por la escalera: viven en un cuarto piso, cinco plantas con el parking. Al marido de mi amiga le tocó el gordo: un maletón que le llegaba al pecho y pesaba 22 kilos exactos. Al poco de llegar ¡tuve que cambiarme de apartamento de nuevo! porque la cisterna del que me asignaron estaba rota y hasta el lunes no podían arreglarla… y así vino el último traslado del fin de semana, menos mal.

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Ahora estoy encantada. Esto es provisional pero ya sin prisa sigo dedicando las mañanas a mirar apartamentos, mensajear con los propietarios y ya empecé a visitarlos. No vuelvo a alquilar sin ver antes lo que alquilo.

Decidí que tengo que aligerar el equipaje y preparé un paquete con ropa de superabrigo que aquí no es necesaria y lo mandé  a España. Así que la próxima mudanza, que la habrá, será, espero, más liviana.

Toda esta experiencia me despertó muchas cosas, además de ser una verdadera inmersión total en la lengua francesa. Me hizo tomar conciencia de mi situación de extranjera, me reconectó con la sensación de exclusión, la vulnerabilidad, la soledad, la impotencia y la frustración. Buscando piso he conocido la periferia, el barro en el suelo, las aceras sucias, las papeleras rebosantes, las personas gordas, los guetos de magrebíes.

Pero también me ayudó a darme cuenta de mi capacidad resolutiva, de mi fortaleza, de que puedo salir adelante, del mérito de haber hecho buenas amistades, de que hay gente amable y atenta en todas partes; de lo necesarios que somos unos para los otros. Y de que nada permanece, todo cambia. Mi casera, por ejemplo, puede pasar de un día a otro de ser amable,  culta y gentil a una anciana gruñona. Igual que yo, igual que todos. Todos llevamos dentro todo: lo mejor y lo peor. Según las circunstancias  sacamos una cosa o la otra. Una vez más reconozco que mi punto flaco está en sentir el desafecto de los otros. Cuando me siento rechazada, le herida que está ahí desde hace ya medio siglo vuelve a sangrar. Y siempre lo hará, supongo, pero cada vez tapono más rápida y fácilmente la hemorragia. Y sigo adelante.