HERIDAS QUE SE ABREN A SALVO

Dicen que ronco. Poco agradable descubrir que no solo me crujen las articulaciones cuando me muevo, sino que, cuando estoy dormida, también sueno como una vieja locomotora. Hasta aquí, vale. Pero, por lo visto, también me tienen que repetir más veces (aún) que antes lo que me dicen y, para colmo, se me está endureciendo el oído. Además, pierdo mucho las cosas. Como el otro día, que “guardé” unos auriculares en alguna parte de mi minúsculo piso. Estoy segura: tengo la imagen en la cabeza de cogerlos de encima de la mesa y decirme: «los voy a colocar mejor»… y hasta la fecha. He tenido que comprar otros.

No es que la cosa sea muy grave, pero aquí en Francia encontré una doctora muy apañada —española de origen, para más señas— y se interesó cuando le hablé de mi caída a finales de enero y de todos estos nuevos achaques. Por cierto, hasta tres meses después no descubrimos que tenía un hueso del pie roto y estoy con rehabilitación, pero bueno, de eso ya estoy recuperada.

De todo lo primero se podía pensar que es algo de la edad; ya voy por los 63, o un efecto secundario de los medicamentos que tomo a diario para distintos achaques, que a duras penas se mantienen en equilibrio. No me parece nada dramático esto de cumplir años; después de todo, es una suerte. La alternativa…

De hecho, he abandonado un tiempo este blog porque me sentía especialmente bien y no me “nacía” escribir por escribir. He preferido vivir esta etapa, disfrutar de la alegre serenidad y la aceptación que han predominado esta primavera.

Pero se ve que solo el malestar me impulsa a compartir, porque llevo unos días muy removida. Y tiene que ver con lo que empecé contando. La doctora me envió a un especialista del sueño porque, entre unas cosas y otras, mi descanso desde hace tiempo no es nada reparador: fragmentado y superficial. Para colmo de la decrepitud senil, me duermo cuando cojo un libro y especialmente cuando me subo a un coche. De copiloto, claro. Conducir ni lo intento. Es escuchar el sonido del motor y ya estoy bostezando. Si el trayecto dura más de diez minutos, me tengo que entregar al sueño porque, si no, mi mandíbula corre el riesgo de desencajarse.

Pues me fui al especialista del sueño, que me hizo una exploración bien completa: física y también psicológica. Después, me ha enviado al hospital a dormir allí una noche -atrapada entre cables y monitores no sé si lo conseguiré-, en el mes de junio para determinar con detalle qué está pasando.

Además de rellenar varios test relativos a mis hábitos diurnos y nocturnos, y a mi estado de salud física y emocional, me entrevistó sobre los eventos más importantes de mi vida, que le resumí (tengo práctica en ello) en un par de párrafos.

Se sorprendió porque dice que no percibe indicios de depresión ni de ansiedad, pero que presento signos de estrés traumático y que eso podría estar en el origen de todo. Yo aquí haría un largo silencio.

Estoy muy sorprendida de cómo el relato de mi vida —repetido cientos de veces— me ha desestabilizado de tal manera que llevo dos días sin ganas de nada más que de llorar y acostarme tapándome la cabeza con una manta. Y eso que sigo con mi terapia. Y eso que me había recuperado tanto que empecé de nuevo a bailar, a escribir cuentos, a quedar con amigas, a ir a conciertos, a restaurantes, a pasear. He planeado viajes, he recibido visitas… y he disfrutado de todo y de todos.

Me pregunto por qué me ha removido especialmente esta consulta médica. La única hipótesis que tengo —son dos, en realidad— es: una, que quizá tenga razón y aún no esté “consolidada”, como él dice, la recuperación del estrés traumático. Y la segunda, muy curiosa, es que me sentí cuidada. Así de claro y de fuerte.

Me sentí cuidada por el médico. Se interesó en mí como paciente, por la complejidad de mi caso, por encontrar una solución, por dificultosa que sea. Sin tratar de encajarme en un protocolo, dar un diagnóstico rápido y quitarse el muerto de encima cuanto antes. Sin necesidad de demostrar su infalibilidad.

Sin ser condescendiente ni mostrar lástima por mi recorrido vital, me atendió de manera aparentemente casi distraída, pero sentí que no era más que una delicadeza por su parte, un esfuerzo que hizo con naturalidad para no subrayar los hechos que le conté. Como para quitarles hierro.

Los hechos no importan; otros pueden haber vivido cosas peores. Lo que marca la diferencia es la dificultad y la soledad con la que los vivimos.

Uno de esos hechos importantes en mi vida fue mi embarazo adolescente y el rechazo de mis padres. Lo he trabajado mucho en terapia: he aceptado, comprendido, perdonado… pero la herida se queda.

Curiosamente, mi nieta está de visita estos días y estoy feliz de recibirla. La acompaña su novio y ambos tienen la misma edad que teníamos mi pareja y yo en aquel atolladero. Creí que su llegada me removería como lo hizo el decimosexto cumpleaños de mi primera nieta. Pero no, no es eso. Disfruto viendo que su vida es diferente, dura también a su manera, con sus desafíos, pero no cercenada tan bruscamente como la mía.

Por paradójico que parezca, creo que el cuidado, el cuidado genuino, aún sigue abriendo viejas heridas; la sensación de seguridad permite que me relaje hasta el punto de poder dejar que supure el pus que queda.

Ahora me toca a mí volver a acogerme, acompañarme y consolarme mientras vuelven a cerrarse.

Deja un comentario