Me violaron, pero ya no soy víctima

Este relato no es apto para todos los oídos, advierto. Pero llegó la hora de abordar otro de los tabúes que afectan a tantas personas, en su mayoría mujeres.

Hace algunos años, poco antes de que muriera mi padre, tras una larga estancia con él en urgencias, me agredieron en el parking del hospital. Era un miércoles de junio a la 1:35 de la madrugada. Recuerdo bien el día porque le tocaba a mi hermano estar allí y no a mí. Y la hora, porque acababa de pedir un justificante para no tener que ir al trabajo pocas horas después. Dejé a mi padre en la puerta y fui a recoger el coche en un descampado cercano donde ya solo quedaba el mío. Yo iba agotada por las seis horas de espera, apenada por el estado irreversible del enfermo y frustrada porque trataba de reiniciar el teléfono con una mano mientras con la otra buscaba las llaves en el bolso y no conseguía ni una cosa ni otra. 

Todo fue muy rápido: sentí tres pasos de alguien detrás que me agarró del cuello y me tapó la boca. Cuando me debilitaba por la falta de aire, el desconocido aflojó y me dijo con una calma fría que me iba a violar y que luego me mataría. Evidentemente, lo segundo no lo hizo, pero lo primero sí. A mi intento de resistencia reaccionó tirándome al suelo, arrastrándome hasta una tapia cercana y mordiéndome. A partir de ese momento mi cuerpo se quedó vacío, sin nadie al mando. A eso lo llaman disociación. Lo último que recuerdo pensar es: “Así que aquí acaba todo. Así que es hoy el día en que voy a morir. Así que no podré despedirme ni siquiera de mis hijos”. 

Cuando todo terminó y vi que el tipo se alejaba con calma, habité de nuevo mi cuerpo y en un breve ataque de rabia, recogí un pañuelo con restos biológicos, porque no le ivi la cara y quería que lo atraparan y arranqué temblando el coche, subí bordillos, circulé contra mano… para nada. Enseguida recordé que mi padre me esperaba en la puerta de urgencias y me dirigí a recogerlo. Me alegré de que las lesiones estuvieran en el lado izquierdo de mi cuerpo y confié en que con la oscuridad de la noche, no notaría nada. Al subir al coche, tan débil, lo noté extrañado, pero no hizo preguntas. Supongo que no quiso añadir ninguna queja a los cuidados que requería al final de su vida.

Lo llevé a su casa y en el camino solo cruzamos comentarios sobre el calor que hacía. Luego, me fui a la comisaría. Sola. Creí que ahí acabaría todo: poner una denuncia, que detuvieran al agresor, no tanto por el castigo, sino por evitar que reincidiera. Yo solo me preguntaba: “¿Para qué la vida me pone esta experiencia por delante. Qué me toca aprender de esto?.” 

No me extenderé con el suplicio de declarar una y otra vez, de acudir a reconocimientos: el lugar exacto, las prendas, los vídeos, la mochila… En fin. La policía se portó genial. Aquella noche me llevaron al mismo hospital del que había salido un rato antes y la secretaria que me había dado el justificante hacía un rato se quedó patidifusa. Activó el protocolo y nos envió a la planta de ginecología. Allí, relatar varias veces más lo mismo: a la doctora, que me exploró y me vacunó; al juez de guardia; al policía de la científica que me fotografió las lesiones y me hizo un frotis, como en las películas. 

No acabó todo esa noche. La peripecia duró años: interrogatorios, visitas a la comisaría central, controles de los médicos del INSS por mi baja, alguno tan duro que tuve que ponerle una denuncia. No sé de dónde saca una las fuerzas.

Al poco, detuvieron al agresor. Curiosamente, sentí más compasión que rabia por él. Estaba segura de que era un perturbado. Y resultó que sí, que era un enfermo mental (al final se juntan los dos tabúes).

En la asociación de ayuda a las víctimas de violencia la única psicóloga disponible era alguien de mi entorno personal, así que no pudo ayudarme. Y la prestigiosa abogada que me asignaron era tan capaz que fue capaz hasta de olvidarse la fecha para firmar en el juzgado como mi representante, así que me dejó sin defensa. Tuve que lidiar sola, también, con la fiscal, con la forense, con el juez. Y ahí empezó mi hundimiento: ya no pude más.

(por dar un respiro…)

Después de años de terapia, pagada de mi bolsillo, fui comprendiendo lo mucho que podía aprender de todo aquello. Entre otras cosas, que soy más fuerte de lo que creía.

Aquella noche en el parking no fue la primera vez que alguien me amenazó de muerte. La única otra persona que lo hizo, medio siglo antes, fue precisamente mi padre. Ocurrió cuando se enteró de que estaba embarazada con 16 años: me echó de casa, me dijo que si un día se cruzaba conmigo me mataría y me advirtió que no contara jamás con ellos (mi madre al lado, callaba y lloriqueaba). Yo le tuve miedo casi toda mi vida, así que me lo tomé en serio. Crucé la puerta con lo puesto y me costó salir adelante: atravesar penurias, depresiones, divorcios, trabajo, estudios, y la crianza de mis cuatro hijos maravillosos.

Desde entonces hago terapia, pero después de tantos años aún había algo que no terminaba de encajar. Hace poco he tenido la oportunidad de poner claridad en ese rincón oscuro y estoy muy agradecida por ello.

El caso es que tras casi medio siglo me atreví a pedirle algo a mi madre. Un gesto sencillo, fácil para otros. No para mí, no con mi historia, no con la estrategia que adopté de ser la hija buena para ser merecedora, aceptada. La hija que da, que cede, que ayuda, que media para evitar conflictos. La madre, vaya. No recibí lo pedido (es un riesgo que se corre al pedir), pero lo importante es que por fin ocupé mi papel de hija que pide. Y como por arte de magia todo se recolocó. El merecimiento que esperé inconscientemente toda la vida recibir de ella, de otros, descubrí que lo tenía dentro. Ya lo sabía, en teoría. Pero ahora lo siento. Y toda la fuerza y todo el valor. No soy más que nadie, pero tampoco menos. Y el trato de nadie nunca más será la medida de mi valía ni de mi mérito.

Ya no me siento ninguna víctima: ni del que me violó, ni de mis padres, ni de quien me maltrató o pretenda hacerlo. Eso no absuelve a nadie de sus actos. Pero significa que he dejado de sentirme víctima y ya no hay lugar para verdugos. Y me siento ligera y feliz.

No voy a mentir: todo esto lo he atravesado con mucho dolor. No sé por qué tuve que vivir tantas cosas ni me lo pregunto: la vida “parece” más fácil para unos que para otros. A mí me ha tocado la que tengo y trato de hacer con ella lo mejor que puedo. 

Es como cuando escribo. No sé si lo hago bien o mal, si a los demás les gusta o no, pero eso no me condiciona. Solo me guía mi disfrute.

Esta fuerza recién estrenada la usé para otra cosa: me he venido arriba y acabo de presentar al premio Planeta mi primera novela. Quién sabe si lo ganaré. A pesar de ser uno de los certámenes más controvertidos ¿por qué no? La dotación económica es de 30.000 euros, que no me vendrían mal para un proyecto ilusionante que tengo… Pero vaya, que tampoco lo necesito porque ya me siento rica.

Dedico este texto a mis hijos. Nunca podré devolverles todo lo que me han dado.

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