Caldas de Besaya

Me bautizé en los viajes del INSERSO a final del año pasado con una estancia de 10 días en el balneario de Caldas de Besaya, en Cantabria. Esperaba ansiosa el momento del viaje, que pedí hacía meses, anticipando que en estas fechas estaría exhausta. No me defraudó. Temí que el ambiente fuera decadente, lleno de personas viejas y decrépitas, pero nada más llegar me di cuenta de mis prejuicios: casi todos eran mayores, sí, poco más o menos como yo. Con más años que un saco de almanaques algunos, pero con ganas de vivir y disfrutar, con entusiasmo y con más energía que yo muchos de ellos. 

Me sorprendió gratamente el buen ambiente que había: grupos que venían juntos o que se conocían de otras estancias. Unos pocos jugaban a cartas o a las damas en el tiempo libre. Los más, hacían bicicleta, caminatas por el bosque o excursiones en tren y en coche a localidades cercanas. Y también había hombres y mujeres que se aventuran solos a esas edades en estos viajes, alguno de ellos con una discapacidad física. Encomiable. Había bañistas que contaban que van a ese mismo centro dos veces cada año y un hombre, que viaja solo a pesar de su hemiplejia, confesó que desde que perdió la movilidad de la mitad del cuerpo, hace 30 años, acude todos los otoños al mismo balneario, sin perder ni uno. Eso es lealtad.

Antes de llegar revisé a fondo la web e hice una visita virtual a las instalaciones, que es exactamente lo que encontré al llegar. Estudié a fondo las características del agua y los efectos beneficiosos y me dejó la mosca tras la oreja descubrir que, además de muy mineralizadas, esas aguas son también radioactivas. Menos mal que antes de deshacer la maleta, estaba prevista una visita con el médico (que recomienda o desaconseja algunos tratamientos según la salud de cada uno) y me tranquilizó con un poco de sabiduría y sentido común: “la dosis hace el veneno… o la medicina”. De hecho a mí me prescribió beber uno o dos vasos de agua del manantial por día, no sé si en mi próximo viaje pitaré en los controles de seguridad. También nos dijo que durante la estancia no era recomendable usar jabón ni champú para dejar que el efecto de los baños perdure en la piel. En el mostrador de recepción comprobé que hay gente que viene prevenida, sin duchar, por el olor a humanidad que desprendían, menos mal que fue solo el primer día..

Yo iba con una persona que solo habla francés y ya me temía no poder relajarme completamente por las traducciones constantes. Afortunadamente, el primer día nos tocó en la mesa una pareja y ella había vivido 18 años en Francia, hablaba un perfecto francés y agradecí el respiro. Sobre todo porque la mesa que elegimos el primer día era ya para toda la estancia.

Ni que decir tiene lo maravillosa que es la tierra de Cantabria. Y la parte menos conocida, la rural, no tiene menos encanto que Santander o las villas más reputadas. Es atravesar el País Vasco (fuimos en coche) y el paisaje se abre, las lomas se suavizan, el clima se modera y el verde compite con al azul del cielo por llenar la mirada. Hasta la lluvia cesa. 

El balneario estaba en plena vía verde con un pequeño apeadero de tren enfrente y el río Besaya que circula vigoroso a sus pies. Ese tren permite ir en media hora a Santander o a otros pueblos cercanos. Pero yo prefería caminar por paisajes frondosos y húmedos, visitar algunas de los cientos de cuevas rupestres (El Castillo, Las Monedas) de los alrededores, o los minúsculos pueblos medievales. Algunos como Bárcenas la Mayor, Puente Viesgo, o más grandes como Santillana del Mar, son obligatorios. Y por supuesto, visita obligada al mar: en mi caso, a los soberbios acantilados de Suances. 

El hotel anejo al balneario es un edificio de principios del siglo XIX que se conserva en perfecto estado, con decoración de la época y las comodidades de cualquier hotel actual. Dispone de un gimnasio, jardines y amplios salones para actividades: desde música y baile, bingo o juegos de mesa. Una pequeña, pero acogedora, biblioteca y un restaurante igual de coqueto con grandes ventanales al jardín y al río. Para evitar las inclemencias del tiempo hay dos grandes pasillos desde el hotel al balneario que los comunican: atraviesan por encima la vía verde y se agradece cuando la lluvia arrecia o cuando las temperaturas apenas rozan los 0 grados a primera hora de la mañana y hay que desplazarse en albornoz.

El personal del balneario es de una amabilidad sorprendente: desde limpiadoras a camareras, recepcionistas o asistentes en los baños. Una cordialidad genuina, sin artificios, fundamental en mi opinión para que sea agradable la estancia. Lástima que la destreza de la masajista no estuviera a la altura de su simpatía, aunque reconozco que soy algo exigente con el tacto.

En cuanto a la comida, no era nada del otro mundo, la verdad. Yo la calificaría de correcta. Pero el personal siempre propone alternativas si hay algo que no quieras o puedas comer, te lo cambian sin rechistar por otra cosa y no ponen límites de cantidad tampoco. De hecho no cenamos muchos días porque con el almuerzo nos daba para estar nutridos de un día para otro. Ahora bien, una cosa que sí llama la atención es que sirven vino (rosado, blanco, tinto) sin límites y gratuitamente en cada colación. Por una parte, estábamos todos encantados, además que te reponen la botella en cuanto se vacía, no tienes ni que pedirla (el sueño de todo bebedor empedernido!!). Pero aunque es un gesto generoso me pregunto si es muy saludable incitar con esa práctica al consumo de alcohol, tanto más cuando se trata de estancias para mejorar la salud. Quizá confíen en los mayores sabemos moderarnos o en que con el alcohol olvide cada uno de sus achaques, ya que no van a desaparecer…

En el balneario no hay piscinas compartidas, las cabinas son todas individuales: bañeras de mármol blanco esculpidas a ras de suelo a las que se entra por una escalerilla. Al terminar cada baño se vacían y se llenan con el agua que emerge de la tierra a temperatura de 36,5 grados. Tumbada en una de estas bañeras, escuchando solo las gotas de condensación que caían, parecía que estaba en una gruta en el corazón de la tierra: el techo alto y rugoso, abovedado con una especie de cemento proyectado pintado de blanco, contribuían a la sensación de cueva. Estaban tan profundos los baños que se oía rugir el caudal del río al otro lado de los anchos muros. Allí me quedaba 15 o 20 minutos flotando en agua a causa de la alta mineralización, más a gusto que en brazos. Luego venía un asistente y me daba un “masaje” con un chorro de agua caliente por todo el cuerpo: delante, detrás, lados y plantas de los pies incluidos. 

Al terminar la inmersión, un poco zombi, me dirigía al baño turco que terminó por desatascarme los pulmones, que no sabía que tenía atorados. El caso es que después de la estancia no he vuelto a perder el aliento al subir pendientes. Al salir, baños circulares, de pies, de manos… en fin, una gozada. Elegimos el primer turno de la mañana, así que desayunábamos tras el baño y los primeros días me tuve que echar una siesta (la del “carnero”) porque acababa rendida. 

Una advertencia a quien se anime a transitar esas latitudes: cuidado con los pueblos con nombres parecidos. Nosotros fuimos un día a visitar Bárcenas la Mayor, el pueblo más antiguo de Cantabria y uno de los más bonitos, me equivoqué y no puse el “apellido” en el GPS y nos plantamos en otra Castilla León, cerca de Burgos, en dirección opuesta. Hay tantos Bárcenas (a secas, Bárcena de Cudón, de Pie de Concha, de Cicero…) que, o vas con cuidado, o te plantas en el quinto pino. La verdad es que no importa mucho porque todo es precioso: atravesamos montañas nevadas, pueblos minúsculos, perdidos, y nos tropezamos con sorpresas como la ermita rupestre de San Bernabé, excavada en una pared rocosa. La guía que nos la enseñó, nos mostró restos prehistóricos y nos contó todo tan bien que nos transportó a otro mundo. Y si uno no quiere moverse, tampoco hace falta. A dos o tres kilómetros, un cómodo paseo, está el precioso pueblo de Riocorvo, una gozada visitarlo.

En fin, lo de los balnearios ha sido una buena experiencia que pienso repetir porque, aunque me coge un poco a trasmano, me cuesta menos la estancia allí de lo que gasto en vivir en mi propia casa. Si no es allí, iré haciendo un recorrido por los distintos y abundantes balnearios que tiene la geografía española.

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