Embarazo juvenil y culpa

Me quedé embarazada a los 16 años y mi primera hija nació apenas cumplí los 17. Cuando mis padres lo supieron, 4 meses más tarde que yo, me expulsaron de su vida y me casé. Gasté años y dinero en terapia para perdonarlos. Increíble, pero a quien no perdoné aún es a mí.

Cuando me faltó la regla, siempre tan regular, supuse lo que me confirmó un análisis de orina: que estaba embarazada. La tierra se abrió bajo mis pies, me quedé congelada, no me lo podía creer. Mi novio de hacía menos de un año, el primero y único hasta la fecha, se mantuvo a mi lado, pero mis padres reaccionaron iracundos cuando mi hermana me hizo el favor de darles la noticia.

Decidí mantener el secreto unos meses hasta terminar el curso porque sabía que tras el cataclismo mi padre no me permitiría seguir estudiando. Quería terminar el bachiller, me gustaba estudiar y me parecía importante tener un título para “el día de mañana”.

Desde ese momento, mis padres fueron unos extraños para mí, el miedo que ya les tenía aumentó y se mezcló con la rabia y el dolor. La alegría por el nacimiento de mi hija apenas alivió el resentimiento.

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Cuando empecé a levantar cabeza tras unos años ahogándome en una depresión profunda, empecé a soñar a diario con pegarle a mi padre. Al que ya era mi marido lo pateaba por las noches mientras dormía, carcomida por el odio que no encontraba otra vía de expresión. Seguía siendo rehén del papel de “niña buena”, correcta, que sólo saqué los pies del plato cuando me embaracé, un poco a sabiendas, como un grito de socorro que nadie atendió.

Gestionar la rabia

Un día, al poco de nacer mi segundo hijo, decidí que quería dejar de sentir tanta rabia, que solo me hería a mí y no a mi padre como me hubiera gustado. En esa época tuve bastantes problemas digestivos, perdí mucho peso y después de muchos análisis y pruebas el médico me mandó al sicólogo. Empecé a hacer terapia intermitente -con pausas de décadas a veces- y hasta hoy.

En la última gran crisis, hace 13 años, hice más de tres de sicoanálisis (técnica que no recomiendo especialmente) y creí dejar ya solucionado el rencor hacia mi padre. Parecía que por fin conseguí comprender y perdonar.

Cuando di por terminado el tratamiento tenía claro también que toda la inquina con él no era más que un velo que tapaba el enfado, el dolor, más profundo aún, dirigido hacia mi madre.

Se ve que no podía destruir al mismo tiempo las dos figuras principales de apego: papá y mamá. Cuando solucioné uno apareció el otro en primer plano: más arraigado, más desestabilizador. Lo dejé apartado un tiempo, mientras pude ir tirando, sabía que llevaba una carga, pero la soportaba.

En la crisis que parece ir remitiendo trabajé a fondo la relación con la madre y aún estoy tratando de comprender y perdonar. No por ella, sino por mí y por mis hijos. Aunque es un proceso mucho más complejo, doloroso y profundo, no había otra.

Lo que la muerte enseña

Hace ya 3 años que murió mi padre. Poco antes pude terminar el trabajo con él. Hasta entonces había conseguido mirarle a la cara sin sentir odio pero me irritaban sus comportamientos, sus comentarios. Le seguía culpando de muchas cosas que ocurrían dentro y fuera de la familia y desde luego no podía expresarle ningún afecto. Conseguí dar un giro a la situación y pude darle masajes con verdadero gusto, en la etapa final casi a diario, y pude decirle un día que le quería.

En la primera sesión tras su fallecimiento, el sicólogo me preguntó cómo estaba. Yo le respondí sincera que me sentía en paz. Pero cuando quiso saber si me quedó algo por hacer o decir a mi padre, tras pararme un instante, me centré en lo que sentía y me eché a llorar. Reconocí que me faltó pedirle perdón.

Es increíble que yo diga esto, yo que estuve toda la vida acusándole (para mis adentros) de ser cruel, frío, implacable. Por muy dura que a su vez fuera su vida, por mucho que ese patrón de conducta estaba arraigado desde generaciones en nuestro linaje, no debería haberme tratado así. Pero yo ¿por qué tenía yo que pedirle perdón?

Ni yo ni nadie merece un castigo tan severo por mucho que yerre. Ninguna niña de 16 años merece el repudio de su familia de la que está tratando de llamar la atención con un acto tan desesperado.

Pero sentí que tenía que pedirle perdón porque yo también le hice sufrir a él, perdón porque él no podía gestionar las abrumadoras emociones que le provoqué. Perdón por haber defraudado las expectativas que tenía en mí, porque a través de mí la vida le dio una impresionante bofetada. Perdón porque él sí me proporcionó recursos para que yo pudiera darme cuenta de todo esto con el tiempo, pero él no tuvo esa oportunidad. Creo que por fin pude ponerme realmente en su piel, ver al niño asustado que llevaba dentro y sentir verdadera Compasión, con mayúsculas.

El jamás se disculpó. Nunca hablamos del tema. Alguna vez que merodeamos cerca se reafirmó en que no cambiaría lo que hizo en ningún momento de su vida, que no se arrepentía de nada. Pero ese es otro asunto.

La culpa

Puede que la terapia de esta etapa esté terminando (o no) pero ahora que de nuevo empiezo a sacar la cabeza y respirar después hundirme en el fango del odio y el resentimiento hacia mi madre por su abandono desde mucho antes de mi embarazo, ya vislumbro el meollo (otro más) pendiente de gestionar aún: el perdón a mí misma. Aún no sé bien por qué tengo que perdonarme, me asusta demasiado asomarme a ese abismo, pero sé que siento culpa.

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La culpa se esconde sibilina en los entresijos de la conciencia. Va socavando la autoestima y, en mi caso, va pudriendo desde dentro la capacidad de disfrute, el auténtico pilar de la vida. Es como si el castigo tan inmenso que sufrí por gozar envenenara (espero que no para siempre) mi derecho a experimentarlo. Es verdad que la culpa en mi vida no arranca de la adolescencia, aunque ahí se potenció. Parece que de pequeños cuando algo va mal, cuando sentimos la carencia, nos responsabilizamos a nosotros mismos para dejar indemnes a nuestros padres de los que depende nuestra supervivencia. Cuando empezamos a averiguar la verdad, que se oculta por dolorosa, empieza a anidar muy en el fondo de nosotros la rabia, y la culpa por sentirla, hacia nuestros padres. Esto no es más que mi teoría, no soy una experta.

En mi adultez viví muchas situaciones que me ponían por delante esta dificultad. La culpa se escondía donde no podía verla pero actuaba silente. Ella me hizo soportar situaciones indignas, degradantes; me hizo paralizarme cuando debía actuar y hacer cosas que en realidad no quería; me hizo confundirme, equivocarme, me impidió sentirme digna de aprecio, de merecer recibir y gozar y hasta de vivir. Ahora por fin la empiezo a reconocer, me empiezo a acercar a su escondite, quiero hacerme su amiga, dejar de luchar contra ella, asumirla y confío en que se pueda ir diluyendo.

Quiero sentirme con derecho a disfrutar de la vida en todas sus facetas, quiero creerme con capacidad de hacerlo y dispuesta a favorecerlo sin boicotearme. Estoy decidida a atravesar todo el dolor que sea necesario para poder mirar mi culpa a la cara, reconocerla y abrazarla aunque me clave sus espinas. Estoy dispuesta y preparada para afrontar este escollo que apenas vislumbraba y veo tan claro ahora. Para darme fuerza en la tarea me corté bien corto el pelo, un ritual que hago cuando quiero reunir mi fuerza y mi autodeterminación.