Esperanza

Acercándome a los 60 años, después de superar algunas depresiones, varios matrimonios, aventuras y desventuras variadas, puedo decir que , que hay esperanza. Se puede alcanzar suficiente paz y armonía como para atravesar con desahogo los desafíos que todos afrontamos en la vida. Incluso con etapas de gozo y alegría, sí.

He pasado la navidad más feliz de la mayoría de las que recuerdo. Ya sé que las buenas noticias “no venden”, pero quizá a alguien le ayude a cultivar la esperanza. Ese preciado bien tan esquivo a quienes hemos pasado “noches oscuras del alma”, turbulencias tan desagradables que querríamos a veces mudarnos a otro barrio más tranquilo, por decirlo de alguna manera. 

Os preguntareis en qué cotillón he estado para divertirme tanto o con quién he compartido momentos tan entrañables; en qué paradisíaco lugar he retozado o qué manjares he engullido. Nada de eso. He estado sola, solita, sola. Aquí en mi  apartamento alquilado en Burdeos, a miles de kilómetros de familia y amigos. Sola en Nochebuena y Navidad; sola en Nochevieja y Año Nuevo y sola también el día de Reyes. Estas fechas tan significativas, llenas de expectativas y frustraciones, que viví mucho tiempo con miedo anticipatorio por el dolor que las acompañaba, han pasado de ser un amenazador tigre a un tierno gatito. Muchos años, en vez de disfrutar de la esperada unión familiar yo sufría por la división; en vez de alegre, me sentía apenada y además culpable por no sentir el contento de rigor.

Ahora ha tocado por fin superar la prueba, deseada hace mucho tiempo y que a pesar de temer que fuera un fiasco, ha resultado todo un éxito. He disfrutado como tantos otros días de los que paso aquí, en este paraíso helado y solitario, comiendo un simple potaje de lentejas o las tradicionales patatas fritas con huevo. Confieso que casi a diario también me homenajeo con un croissant (me tienen empicada). Los días pasan volando mientras me dejo absorber por el estudio, los paseos o las manualidades, embelesada casi siempre con la música que estoy redescubriendo.

No me siento aislada: mis hijos, mi familia, mis amigas, mis profesores, mi sicólogo, entre otros, son mi nutritivo vínculo con el mundo. No reniego de la relación con los demás, tan necesarios, pero en este momento me estoy haciendo el regalo de estar un poquito a solas conmigo misma. De momento llevo un año y no veo el momento de poner fin a este idilio. 

 
Enamorada

Tantos años soñando con el amor perfecto, con la persona que me complete, que me cuide, que me aprecie, que me dé seguridad y afecto... Y sí, encontré personas muy valiosas en mi camino, tanto, que gracias a ellas entendí por fin que no dependía de nadie ni de nada externo el bienestar que buscaba. Con mucho dolor me aparté para encontrar a mi verdadero amor: yo misma.

Sé que es una expresión muy trillada y que no es nada fácil ni rápido llegar a alcanzar esa meta. Yo apenas estoy empezando a encaminarme con todos los años que tengo y ¡después de tanto dinero gastado!, pero solo empezar el camino ya se empiezan a saborear sus ricos frutos.

Al fin puedo decir que soy capaz de acercarme a mí sin el velo negro y distorsionante del dolor. Con las heridas ya más saneadas puedo mirarme en un espejo más realista y parece que me agrada mi reflejo (seguramente por eso me atreví a poner mi foto en este blog). Como una enamorada, estoy encantada con mi propia compañía, deseando conocerme mejor, descubrir mis habilidades, empezando a querer incluso lo que antes me costaba ver y aceptar de mí misma.  

Esta etapa me está permitiendo superar el miedo a no ser querida, correspondida, vista, entendida, considerada. ¡Por fin he dejado de temer al abandono! Qué paradoja, que haya tenido que abandonarlo todo y a todos para liberarme de esa atadura, de esta dependencia. Después de haberme sentido excluida en mi familia varias veces, ahora me excluyo yo. Porque lo elijo,  sin rencores, agradecida por la experiencia, por el aprendizaje, liberada.  Esto me recuerda a la libertad que sentía en la adolescencia cuando salía sin dinero (y sin móvil, claro) a sitios alejados. Una vez atravesado el umbral del miedo a lo que podría ocurrir, a tantas necesidades inventadas que no podría saciar, a tantas situaciones que no podría sortear… cuando ya estaba borracha de miedo, franqueaba el umbral y entonces podía sentir una libertad y una ligereza increíbles. Nunca olvidaré lo fuerte y segura que me sentía con 15 años comiendo una bolsa de pipas sentada en un bordillo o yendo en una vieja bicicleta por caminos desconocidos sin ni siquiera repuestos para pinchazos o luces por si anochecía.

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No es oro todo lo que reluce. Si miro de reojo al lado del camino, aparece de nuevo el vértigo, la sombra del miedo a que reaparezcan las heridas. Pero esos instantes son menos intensos, más cortos y manejables. Tras el despiste momentáneo, me dirijo con calma de nuevo a mi camino, a mi senda, a mi centro. Hay veces que me escabullo, no quiero ver el nubarrón que me acompaña, quiero irme de rositas, hacerme la tonta, como que aquí no pasa nada. Uso entonces toda mi tolerancia en esos devaneos aunque, por la cuenta que me trae, pronto me llevo amorosa y pacientemente de vuelta a mi redil. 

Estoy aprendiendo a aceptar mis limitaciones, a no compararme con nadie y, algo más  difícil de lo que parece, a no juzgarme ni a mi ni a los otros. Poco a poco voy aprendiendo a saber qué quiero y a perseguir mis sueños. Me voy acostumbrando a permitirme el disfrute, a valorar mis fortalezas, mi valía, a ser compasiva con mis errores, a abrazar todas mis experiencias pasadas, incluso las menos bonitas, porque gracias a ellas soy lo que soy y estoy ahora aquí, en este momento tan gozoso. 

Como a cualquier enamorado, me parece siempre poco el tiempo que paso a solas conmigo. Lamento el atardecer porque es un día que acaba y querría alargarlo más. Agradezco cada mañana por el disfrute que me espera. Saboreo cada momento de libertad, de no hacer nada o hacer lo que me viene en gana. Los silencios son una dulce música para mí y la soledad una confortable cobija. Más que sentirme bien podría decir que no me siento, parece que me diluyera en el día, en cada instante. No hay miedo, ni inquietudes, ni pasado ni futuro. Solo estoy aquí y ahora y estoy dichosa.

Ermitaña

Insisto en el contexto por si repercute en mi estado: Aquí hace un frío que pela, nada fácil de sobrellevar para un adicta desde pequeña a tomar el sol en invierno y en verano. Los 4 grados de máxima lo ponen difícil y semanas de lluvia, también. Ni siquiera estoy pudiendo pasear en bici (el lagrimeo por el frío me dificulta la vista) pero lo hago a pie. Aunque vaya embutida en abrigo, bufanda y gorro, parece que tengo la nariz metida en un congelador. 

Apenas tengo ya que recurrir a la shopping-terapia. Cuando me asalta un incómodo y difuso dolor del alma que no sé de dónde viene ni cómo manejar me voy a comprar baratijas (el presupuesto no da para mucho) y eso me inyecta un flujo de bienestar en sangre, proporcional a la cantidad de tonterías que me llevo a casa. Así gano un poco de tiempo hasta que puedo poner un poquito de orden interno de nuevo.

Disfruto pintando y coloreando como una niña, forrando cajitas de madera o cartón reciclado, viendo una peli o meditando. Me faltan horas al día.
Quizá esto es como un retiro de esos largos, espirituales, donde uno va buscando no se sabe muy bien qué. Yo no pretendo encontrar el sentido de mi vida, ni  buscar respuestas a preguntas que no la tienen. Es tan simple y tan complejo como afrontar lo que soy en esencia, sin caretas ni juegos donde esconderme, sin excusas. Poco a poco, sin aspavientos, suavemente y con algún trompicón, claro está, nada es perfecto.


Y ahora qué

Pues sí, soy un bicho raro. Ya lo he aceptado, lo asumo y lo acojo con agrado. Y como he dejado de blandir el látigo que me tenía paralizada de miedo y dolor, ahora me dedico a proyectarme en el futuro. A dejar de lamentarme y soñar para empezar a realizar sueños, partiendo del que estoy viviendo ya, por supuesto. Para el próximo tiempo, que no sé cuándo será ni me importa (ni siquiera si llegaré a realizarlo o no), me ilusiona manejarme en el inglés al menos como lo hago en francés y disfrutar de comunicarme con personas en otra lengua.

Y como esto empieza a parecerse a una carta a los Reyes Magos voy a aprovechar el tirón. Puestos a pedir, quiero viajar como siempre quise, por Francia o por España, por México o Tailandia, por Egipto o Jordania...La pandemia no es más que una excusa (gorda, vale, pero todo se puede superar…). Estar sola o acompañada, tener o no dinero… no son más que trampas y obstáculos que nos ponemos nosotros mismos o retos que podemos elegir desafiar. Solo tengo que recordarme a mí misma que cuando más viajé en mi vida fue en una época en la que tenía una hija pequeña y apenas dinero para comer. 

También quiero escribir más, atenderme más, cultivarme más, y no me refiero a lo académico ¿eh?. Quiero tener más claridad, ser más aguda discerniendo qué me enriquece y qué me desgasta y actuar en consecuencia. Quiero que crezca la confianza en mí misma. Y quiero que mi corazón siga ablandándose y fortaleciéndose (parece una paradoja pero no lo es) cada día más.

Cuando empecé a tener inquilinos en mi casa, una recompensa que recibí además de la económica, fue que sentí que el mundo venía a mí, ya que yo no tenía fuerzas entonces para abrirme al mundo. Ahora tengo la misma sensación porque empiezo a tener contactos muy estimulantes con personas de lugares lejanos, sobre todo de América. Quizá sea una forma de traer el mundo a mí ya que aún no me he atrevido yo misma a explorar esos lugares tan lejanos.

Todos estos deseos me ilusionan. Está claro que el deseo y el gozo es el combustible de la vida. Yo siento ahora cómo la savia nueva me recorre y cómo me voy reconstruyendo de a poquito, como dirían mis interlocutores transatlánticos. A veces me pregunto si me habré convertido en una ermitaña impenitente. Si me volveré una vieja huraña y solitaria incapaz de vivir con nadie en el futuro, pero correré ese riesgo. O quizá llegue el momento en que me aburra de estar sola y busque compañía como y donde sea. A lo mejor tiene que pasar otro medio siglo para eso.

2 comentarios en “Esperanza

  1. Locacordura

    Hola primita encontrada. Me alegra leerte, me alegra entenderte, me alegra que estés encontrándote, y te gustes. Me identifico mucho contigo, y aunque con diferencias vividas, y otras circunstancias muy alejadas de tu sentir, siempre estuve alejada de mi misma, siempre fingiendo, siempre buscando sin saber qué o a quién, para entender que era yo la que no me había encontrada aun. Ahora estoy en mi mejor momento (bueno siempre podemos mejorar, pero ahora estoy muy bien).
    Este año raro, (llamémosle así), también ha traído quietud, paciencia, interioridad y calma. He pasado más horas en casa de las que nunca estuve sumadas todas juntas en mi vida. Era alma callejera y no aguantaba estar a solas conmigo misma. Hoy no estoy sola, estoy con una persona maravillosa, y hemos aprendido juntos a pasar muchas, muchas y muchas horas sin pretensiones, sin prisas.
    Pero volviendo a ti, tengo ganas de ir a tomar un cruasán de esos tan magníficos contigo y charlar con gorro y guantes bajo la lluvia.
    Te mando un beso y mucha fuerza para que continúes escribiendo más y más.

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