Mi primer hermano Manuel

Tengo dos hermanos que se llaman Manuel. Hoy quiero homenajear al primero, el quinto de la saga familiar de 8 vástagos. Desde enero, su aniversario, tengo ganas de hacerlo, pero los últimos acontecimientos no han hecho más que reafirmar mi decisión. Estuve todo el mes de febrero en Sevilla acompañando a mi madre en un viaje apasionante y doloroso para revivir el embarazo, el parto, la culpa y la compasión reacionados con este niño. La intervención quirúrgica que sufrió, una auténtica cesárea a sus 84 años, desencadenó una catarsis para ambas acerca de la corta vida de mi hermano pequeño.

Desde que nació en la casa con mil trabajos y la ayuda de la comadrona, el bebé emitía un extraño quejido. Ningún médico le vio, no era frecuente en esa época que visitaran a las parturientas, pero se sabía que algo no andaba bien. Mi tía, la única hermana de mi padre, acompañaba esos día a mi madre y lo bautizó ella misma en la casa a toda prisa temiéndose lo peor. Yo tenía dos años y medio. Cuatro días despúes, en medio de una extraña atmósfera en la casa, se notaba que algo raro flotaba en el aire, movimientos tensos, el silencio pesado, una extraña quietud… mi hermana y yo subimos temerosas las escaleras hacia el cuarto de arriba (el soberado) alentadas por mi tía. Ella siempre tuvo una relación de extraña naturalidad con la muerte y estaba convencida de que las despedidas facilitan los duelos. Recuerdo vivamente agarrar con fuerza los barrotes de hierro azul de la cunita donde mi recién estrenado hermano yacía incomprensiblemente inmóvil. La misma cuna en la que se criaron todos los hermanos que vinieron detrás. Recuerdo el chalequito de lana recién estrenado que llevaba puesto, las mangas sujetas por un imperdible para que los bracitos permanecieran cruzados. Me llamaban la atención sus labios carnosos, oscuros, su boquita perfecta, sus ojitos cerrados, su cara redonda, preciosa. A lo lejos, detrás mía, sentada en la cama de matrimonio, una mujer con aspecto de loca se agarraba la cabeza entre las manos pero, como en una película de cine mudo, no puedo recordar si gritaba o gemía. Era mi madre.

Recordar, Revivir, Rehacer

Este es el primer recuerdo que tengo de mi vida. Muchos años lo rememoré desprovisto de emoción, lo contaba como una anécdota más, como quien cuenta la escena de una película. También muchas veces trabajé el momento en terapia para que aflorara el pánico, la confusión, la soledad y la impotencia que estaban ahí adheridas sin saberlo. Pero parece que de una vez mi madre ha parido por fin el “niño que se me murió” como siempre le llama y hemos podido expulsar juntas los rastros o los restos, como se expulsa la placenta tras un parto. Los 4 hermanos vivimos la misma circunstancia pero estoy segura que cada uno con distinta experiencia. La mía fue que, si ya me sentía abandonada antes por la dedicación exclusiva de mi madre a mi hermana y la de mi padre a mi hermano, el duelo de mi madre supuso para mi una verdadera muerte. Tanto, que a los pocos meses enfermé y el temor de perder otro hijo hizo que mi madre saliera de la depresión en la que estaba sumida. Lo mío no fue grave, pero tener que buscar médicos y recursos la distrajo a ella y le hizo recordar que tenía otros hijos por los que seguir luchando. A mi me salvó la vida que por fin empezara a verme.

Gracias a la pandemia (síc) estuve varios días encerrada con ella en una habitación de hospital. En el aturdimiento y la confusión del postoperatorio, poco a poco pudimos alumbrar el dolor de las entrañas. Para mi las enfermedades, los síntomas y hasta los accidentes tiene una causa emocional sin negar la física y biológica. Y para mí, la extirpación de una parte de su vientre a través de una incisión idéntica a una cesárea, me dejaron clara la relación y me ofrecieron la oportunidad de hacer un trabajo pendiente. Horas de charla, de confesiones, de sondeos, de ejercicios de respiración y de visualizaciones nos llevaron a las dos a atravesar de nuevo, para sanar, ese momento que nos marcó a ambas la vida.

De nuevo miramos de cara a la muerte, el pánico, la locura, el abandono de la lucha por vivir. Pero esta vez con los papeles cambiados. Mi madre fue mi hija: yo la arropaba, la abrazaba, la acariciaba. La protegía y le daba coraje y esperanza. En algún momento me pregunté por qué hacía yo lo que sentí que no hiciera ella conmigo, pero doy gracias por haber callado mi mente y haber apartado los prejuicios y rencores. Por haberme sabido entregar al cuidado amoroso y compasivo, por haber sabido hacer el papel de la madre protectora que añoré siempre y así pude sanar esa herida en mi. No lo hice por ella sino por mí, pero las dos salimos ganando. El rescoldo de resentimiento que aún tenía con ella se enfrió y me convertí en una mujer nueva, más fuerte y más libre.

Quizá tiene razón Jodorowsky cuando afirma que todo enfermo es un niño caprichoso (eso nos atañe a todos) que no para de protestar. Y la curación viene nada más cuando se acepta la realidad tal cual es. No se refiere a que los enfermos, por serlo, protesten. Sino a que nos enfermamos porque protestamos, porque no aceptamos lo que ES.

Hablamos de Manuel, pero también de muchas cosas que sucedieron antes y después. Ahondé aún más en secretos familiares, vi aún más claro patrones, estigmas, herencias y legados insalubres. Hubo momentos de masajes, abrazos, llantos y silencios compartidos. Hasta de locura. Sabía desde hace muchos años que tenía pendiente sanear la relación con mi madre y poco a poco en terapia lo he ido haciendo. Pero este encierro con ella ha sido una catarsis, un ritual sanador, un renacimiento. Y yo, la improvisada maestra de ceremonias. Nos vimos de pronto enfrente de miedos que ni recordábamos que estaban ahí. Embargadas por la rabia, la impotencia, la incomprensión y el dolor, sin escapatoria posible. Al borde del agotamiento y rallando a veces la pérdida de la razón. Tan intenso ha sido. Pero a partir de ahí la relación con mi madre ha cambiado. Y la relación con “mi madre” interna, con esa parte de mujer que hay en mí, también.

No pienso que mi experiencia acerca de lo que pasó sea peor que la de mis hermanos. No puedo imaginar cómo le afectó a la hermana que nació tras él anidar en un útero de luto, o cómo habrá condicionado la vida de mi hermano pequeño, el otro Manuel, la pesada herencia del nombre y el legado de un fallecido. «Niño de reemplazo» lo llaman algunos sicoterapeutas.

Claro que todo este proceso se dió en un plano profundo, intenso y liberador pero también he tenido que conjugarlo con los aspectos prácticos de la realidad más palpable. Ha sido más de un mes de ocuparme de mi madre, de mi casa (mantenimiento, pequeñas reparaciones…) de mis hijos, de tomar importantes decisiones y replantearme nuevos retos, como volver a dar masajes. Y he sobrevivido, algo impensable para mí hace pocos meses.

Por primera vez me ha costado volver a Francia. Es como si haber estado en España más de un mes y sanear bastante las relaciones con los otros, hizo crecer las raíces de nuevo y me costó cortarlas otra vez. Me flaqueó el impulso de apartarme de todo como antes. Pero poco a poco reconstruyo de nuevo mi vida aquí, condicionada aún por la pandemia pero tratando de retomar el sentido y el disfrute de mi estancia desde esta nueva persona que soy. Así que espero haber dicho por fin adiós y gracias a mi hermano Manuel. Adiós al dolor que tanto me marcó la vida y gracias porque sin esa experiencia no sería hoy quien soy. Y estoy empezando a gustarme.

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6 comentarios en “Mi primer hermano Manuel

  1. Por JM:
    Bonjour Rosa, C’est étonnant les rencontres sur E.darling!! Tus as beaucoup de talent, j’ai lu tes textes avec attention.J’aime beaucoup ton écriture pleine d’émotion. Je souhaite que tu écrives un jour «Rencontre avec un Peintre-Architecte» C’est bien sur de moi que j’aimerai que tu parles ,avec des mots bien à toi… Je t’embrasse JM

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  2. Gloria

    Acabo de leer este articulo. Me gusta su literatura. Me resulta de un bonito lirismo. Y me produce una alegre sorpresa bañada de valentia el relato q haces. Estoy segura del salto cualitativo q te ha permitido dar, hablar en voz alta y clara al mundo del nudo por deshacer q tenias en tu alma. Enhorabuena. Disfruta de tu resurgimiento!!!!

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  3. Locacordura

    Como siempre, un placer saber de tus experiencias, de tus reflexiones, de tus pensamientos.
    Sigue contando, sigue explorando en tus secretos más profundos, en tus misterios. A veces saber resuelve conflictos, otras veces crea monstruos. Cada uno tiene que encontrar el equilibrio perfecto. Estoy feliz si al encontrar esos momentos de intimidad, has podido sanar y volver a casa mejor de lo que saliste.
    Un fuerte abrazo. Núria.

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