La tía Pepa

Cuando era una niña quería que mi madre fuera mi tía Pepa. En mi fantasía infantil, esta mujer amorosa y tierna era el no va más de la maternidad. Todavía la recuerdo hundiendo mi cabeza en su abultado y blando pecho en un cálido abrazo. La seguridad de un cobijo, el descanso de un lugar donde reposar, sembró en mí la semilla del gozo y la búsqueda insaciable de esa sensación.

Tocando los 90 años con la punta de los dedos, acaba de terminar su vida y quizá ya forma parte de la luz que ella aspiraba alcanzar tras la muerte. Hace mucho que no la veía, vivía en la otra punta de España y los últimos años no fueron fáciles para ella. ¿Y cuándo lo fueron?

La última vez que la vi pasaba una temporada en el campo con mis padres, en su pueblo natal de la sierra de Cádiz. Se escapaba siempre que podía. Una vida entera viviendo en la gran ciudad no pudo arrancar su anhelo de naturaleza, que nació en el molino de los abuelos.

Era una madre para todo el que se le acercara incluida su hermana pequeña, mi madre, con la que tuvo una conexión profunda desde la infancia. Vivieron juntas un tiempo al poco de casadas, se consolaban de sus maridos ausentes por diversas razones y daban el pecho indistintamente a los hijos de una y otra.

Verla esos días en el campo era mirar la felicidad en estado puro. Se fundía con el paisaje como un animalillo salvaje. Parecía que no tenía piernas, sino raíces, sus brazos parecían ramas y su cabeza, un ave rapaz que oteaba alerta entre los olivos. Su mayor alegría era tirarse al monte con un cuchillo y traer un saco lleno de tagarninas, un manojo de espárragos o de palmitos silvestres. Con más de 70 años era capaz de subir y bajar repechos, cavar con una azada el arriate o transformar montañas de membrillos y hortalizas recién recolectadas en sabrosos postres y conservas para todo el año. En lugar de cansarle la constante actividad, la revitalizaba. Venía a recuperar la energía y cuanto más se entregaba a la tierra, más la recuperaba. Parecía que esperaba a sentirse ahíta para marcharse otra vez a la capital a sobrevivir el resto del año.

Recuerdo la etapa en la que mis padres vivieron en el sótano de la casa del campo, mientras se construía la planta de arriba. Ladrillo vivo en los muros, puntales que sujetaban el techo por doquier, viejas colchas que colgaban como cortinas separando estancias. El suelo de tierra, que regaban constantemente para no ahogarse en polvo, lo enlosaron precariamente con losetas recogidas en los escombros. Tenían una magnífica casa en el pueblo, no era necesario ese malvivir, pero una parte de ellos se regocijaba pisando el barro, destrozándose las manos en el huerto, lavándose en un balde y sentándose en desvencijadas sillas reparadas con cuerdas. Toda una vida trabajando duro para huir de la miseria, para levantar cabeza y parecía que recrear el ambiente mísero del que venían les hacía recuperar la identidad, sentirse de verdad como en casa.

Y la tía Pepa disfrutaba allí como una niña jugando a las casitas. Poco le molestaba tener que salir de noche al campo para ir al inexistente baño, dormir tragando polvo o poner cubos que recogieran el agua de la lluvia filtrada por el forjado. Todo le parecía una aventura emocionante.

De nuevo el fango

Una de las primeras veces que vino al sur tras su divorcio, ya casi con 70 años, fuimos a pasar el día al monte a coger tagarninas. Mis padres aún no vivían en el campo. Mi madre, mi tía y yo nos subimos por la mañana en mi Ford Fiesta rojo con dos niños de apenas 5 años: mi hijo y mi sobrino. El cielo se nublaba a ratos, pero la tierra reblandecida por lluvias de días atrás era especialmente favorable para arrancar las preciadas verduras. Dejamos atrás el camino de tierra y nos adentramos por el campo. Paramos el coche al bajar una suave loma junto a una fuente natural de agua, una especie de pila para que bebieran los animales trashumantes.

Sin preámbulos, mi tía se lanzó monte arriba como una niña que ve una pradera y se precipita a retozar entre las margaritas. Yo iba detrás porque no veía ni una mata que arrancar, mientras que ella no daba abasto para coger tantas como encontraba. Me las señalaba con un golpe de azada y yo las cogía. ¡Qué extraña sensación de abundancia! Me ayudó a ver la riqueza que escondía la tierra aparentemente baldía, a desvelar el impresionante misterio de la naturaleza que tanto provee de todo lo material y lo inmaterial. Y quedé fascinada de verla desenvolverse en su hábitat perfecto, la alquimia que se producía en ella: revitalizada como una planta seca que se yergue tras el riego.

Nos llevamos un gran perol y después de coger un saco de tagarninas en un abrir y cerrar de ojos, de la nada, sacó unas piedras, las puso en círculo y ya estaba allí el fuego, la sartén caliente y las patatas friéndose. Yo no daba crédito. Había pensado siempre que lo más cómodo para ir al campo era llevarse un bocadillo, unos filetes o algo de fiambre. Pero con toda naturalidad ella montó una cocina en un instante y nos dio de comer caliente a todos. Las patatas fritas más exquisitas de mi vida. Quizá porque fueron las primeras que recuerdo hechas con buen aceite de oliva, al calor de la leña recién cogida y perdidos en medio del campo. Nada faltaba, todo era completo y perfecto.

Pero estábamos terminando de comer cuando empezó a chispear y recogimos rápido para volvernos. Ya subidos al coche, empezó a caer una lluvia fina y persistente y las ruedas patinaban al intentar remontar la suave loma por la que habíamos bajado. Por más que nos bajamos y empujamos y buscamos ramas para endurecer el suelo, no había manera. La tierra arcillosa formó un pegajoso barro y éste ciñó una funda alrededor de las ruedas que acariciaban el suelo como rodamientos bien engrasados. Yo empecé a inquietarme, pensé que nunca saldríamos de allí, sin nadie a quien pedir ayuda, lejos incluso de los solitarios caminos de tierra. La tarde caía, empezaba a hacer frío y nos quedábamos sin recursos ni ideas para sortear el fango que aumentaba por momentos. Valoramos que la única opción era echar el coche a rodar monte abajo hasta llegar a un camino de tierra. Esa idea me aterraba. Suponía tirar el coche por un barranco conmigo o sin nadie dentro, a cuál peor alternativa.

Mi tía, decidida, salió andando hacia el camino por si encontraba a alguien a quien pedir ayuda antes de que la noche nos alcanzara. Al rato se presentó un cabrero, no recuerdo si alertado por ella, un hombre joven y curtido, con un gran bastón en la mano. El también concluyó que la única opción era bajar la cuesta con el coche si no queríamos pernoctar en su granja cercana. Me tranquilizó explicándome que si ponía la primera marcha, él sujetaría el coche por la puerta y juntos lo conseguiríamos. Su seguridad me envalentonó para afrontar la proeza y así lo hicimos. Me puse al volante agarrándolo tan fuerte como pude, en la vana ilusión que así sujetaría el vehículo entero y me entregué al destino. Empezamos a bajar la cuesta zizagueaando entre los olivos como coches de choque de feria esquivando obstáculos, apenas sin control. Para mi sorpresa, no bajó tan rápido como me temía y llegué sana y salva al carril aunque con la sangre intoxicada de adrenalina.

Mi madre y los niños bajaron a pie la loma y subieron al coche. Faltaba encontrar a mi tía y empezamos a rodar lentamente después de mostrarle al cabrero mi inmenso agradecimiento por su generosa ayuda. Más sicológica que otra cosa ahora que lo pienso, porque a ver qué clase de Hércules tenía que ser él para poder sostener el peso de un coche agarrándolo por una puerta. Pero no había otra que darme algo de confianza para que me atreviera a salir de allí. Las ruedas seguían cubiertas de fango, así que empezamos a patinar por el sendero bordeado por un terraplén. Avistamos por fin a mi tía en un cruce de caminos. Empapada de pies a cabeza, entre dos luces ya y helada de frío. Pero serena, sin perder la sonrisa, fundida con la naturaleza como si fuera su propia madre, como si estuviera en su casa. Subió y emprendimos la vuelta con un poco más de agarre en las ruedas, poco a poco liberadas de la pasta grisácea que las envolvía.

A medida que recuperaba el aliento, fueron apareciendo sutilmente en la mente problemas cotidianos, insignificantes, como que llegaría tarde a la cita para ir por primera vez a la ópera. Una hora de trayecto en la que apenas digerí la intensidad de todos los acontecimientos del día. Ahí pude reflexionar sobre la pequeñez de nuestras inquietudes ordinarias, ridículamente minúsculas cuando nos acercamos a la solemnidad de la Vida y de la Muerte, a la vuelta de la esquina siempre, sin que nos demos ni cuenta, ni de la una ni de la otra.

Celebrar la vida

Cuando era pequeña y la tía Pepa venía los veranos con su amplia familia a la estrecha y abigarrada casa de mis padres, para mí era una bocanada de aire fresco. Coqueta y risueña, serena y amable. Era el contrapunto de lo que yo conocía hasta entonces. El régimen espartano de mi vida cotidiana se ponía en entredicho por su manía de celebrar la vida a cada instante, con cualquier excusa. Mis padres, para sobrevivir en una situación extrema desde niños, se enfocaron tanto en planificar recursos, organizar la tropa, contar, repartir y salir adelante, que olvidaron cultivar la alegría y el afecto. El contraste entre ambos estilos de relación fue para mí muy chocante, una apertura de la mente que aún recuerdo vívamente.

Ella instauró en mi familia la celebración de los aniversarios. Cumplía yo 6 años y se empeñó en que mi madre comprara en la panadería un pequeño bizcocho envuelto en una bolsa de plástico. La decoración del minúsculo pastel consistía simplemente en una pera en almíbar. Era una idea ridícula pensar que podíamos merendar casi una veintena de personas, entre grandes y chicos, con aquella miniatura. Pero daba igual si no alcanzaba para todos, el banquete era la propia fiesta, la alegría. Era la primera vez que veía una vela en un pastel, la primera vez que se celebraba estar vivo. No recuerdo haberme dado cuenta antes que cumplir un año más fuera un motivo para sentir y expresar contento.

Siempre me sorprendía el reconocimiento abierto de su credo religioso y que hablara con orgullo de la felicidad del culto compartido con sus amigas, o que encontrara tanta paz en sus retiros de silencio en un convento. Mi padre era un devoto anticlerical, mi madre ocultaba su fe, y siempre viví como algo impropio dirigir a esos temas la mirada. Muchos años después busqué también esa paz en retiros, en grupo o por mi cuenta, quizá guiada de alguna forma por la luz de sus relatos.

Ella fue un silente referente en mi vida. Más de lo que creía. Si alquilo habitaciones en mi casa para redondear mis ingresos, es gracias a ella. Siempre fue una incansable trabajadora, imaginativa y polifacética, pero ya mayor y divorciada, alquilaba habitaciones en su casa y, como yo, no solo obtenía ingresos extra, sino la compañía y la riqueza de las vivencias compartidas.

Pero yo solo veía una cara del poliedro de su vida: tuvo que ser difícil adaptarse a la vida aislada en el campo en un cortijo con su familia política cuando se casó siendo solo una niña, por ejemplo. O cuando tuvo a su primer hijo a los 16 años. O tantas temporadas trabajando en los campos, para poder alimentarlos a todos: arañándose los dedos desgranando garbanzos, derramando lágrimas pelando cebollas, con los dedos entumecidos del frío recogiendo aceitunas o con la espalda rota encalando las casas. Y cómo tuvo que ser adaptarse al exilio de su tierra y de su gente, hacer de un gélido paisaje catalán, nevado, su nuevo hogar; tratar de entender una nueva forma de ver el mundo, inventarse recursos nuevos para salir adelante. Tanto dolor escondido, enterrado, que solo ella sabía.

Su existencia se fue entretejiendo con la mía con hilos finos y resistentes. Aún desde lejos, sus noticias y sus experiencias de vida me salpicaban impregnándome. Me conmueve darme cuenta de lo importante que ha sido para mi su presencia intermitente, espaciada, pero indeleble. Creo que esta influencia va más allá de mis recuerdos conscientes porque intuyo un sospechoso parecido en nuestra trayectoria: Una vida difícil de exclusión y maltrato, un embarazo juvenil, la familia numerosa, hijos desatendidos por la imposibilidad de gestionar el dolor propio, culpas nunca del todo liberadas. Y aún con todo, esa capacidad de seguir adelante, de reinventarse, esa búsqueda incansable de la superación, de algo donde agarrarse. Esa necesidad imperiosa de que el otro esté bien sin mirar primero cómo estamos por dentro nosotras. Ese mundo ilusorio, un refugio en la fantasía que la mente construye para escapar del tormento de la vida.

Su divorcio, cuando casi era una anciana, me chocó como a todos. También en esto fue lamentablemente pionera como yo. Pero cuando conocí un poco más a fondo su historia años después a través de los relatos de mi madre, sentí un enorme impacto. Mi ídolo caído, el velo rasgado brutalmente, mi ideal pisoteado. También me enseñó esa experiencia a tener una mirada más madura, adulta y realista de la vida: con sus dolores e injusticias, con lo mejor y lo peor del ser humano que convive en todos nosotros. Poco me costó sentir una gran compasión hacia a ella. Sobre todo cuando recordé el paralelismo de su trayectoria con la mía: una personalidad forjada en los avatares de una adolescencia perdida, y ese traidor mecanismo del congelamiento inmovilizador que nos convierte en víctimas incapaces de defendernos a nosotros ni a los nuestros. El deseo amoroso de abrazar a todos y, aún así, tantos errores cometidos.

Sé que quería irse ya y confío en que pronto estará en la Luz que la espera, pero estoy triste por esos hilos rotos, por el agujero que ha dejado en mí esa partida. Aunque siento que el hilo dorado que me unía a ella vivirá en mí mientras yo viva.

8 comentarios en “La tía Pepa

  1. Mercedes

    Un precioso homenaje a nuestra tía. No la conocí tan bien como tú pero recuerdo su dulzura, su amorosidad al tratar a las personas que estábamos ligada a ella por lazos de sangre. Tanto ella como mi madre han merecido un dulce recuerdo en las páginas de este blog y por ello, te estaré siempre agradecida. Espero que tu estancia en el país de mi infancia, te sirva para alcanzar el conocimiento al que aspiras y que yo pueda re-conocer a la chica de mi adolescencia. Un abrazo enorme y sigue escribiendo. Te leeré con la misma emoción que tú al escribir.

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    1. Mercedes, me emociona tu comentario. Saber que nos conecta de alguna manera lo que escribo aqui hace que tenga más sentido aún hacerlo. Esta familia nuestra tan extensa, tan diversa, tan compleja, pero familia al fin y al cabo… No sólo por compartir las raices o los genes sino por las experiencias compartidas en nuestra más tierna infancia y que siempre estarán en nosotros. Gracias

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  2. De nuevo tuve que leerlo dos veces antes de escribir esto. Fabuloso y vívido el recuerdo que nos haces de «La tía Pepa». Tienes la virtud de representarnos su esencia contando sencillas vivencias que compartiste con ella, que además son de amena lectura. Bravo.
    Mucho, nos dices, que su vida tuvo de paralelo con la tuya…. suerte que mantienes ése «hilo dorado».
    Me quedo con esta frase que firmo contigo:
    «Ahí pude reflexionar sobre la pequeñez de nuestras inquietudes ordinarias, ridículamente minúsculas cuando nos acercamos a la solemnidad de la Vida y de la Muerte, a la vuelta de la esquina siempre, sin que nos demos ni cuenta, ni de la una ni de la otra».
    Enhorabuena.

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    1. Muchas gracias. Sí, la verdad es que estos tiempos nos ponen por delante lo cerca que están ambas y lo triste que es perderse la Vida huyendo despavoridos sin querer mirar de cara también a la Muerte. Con naturalidad, con dolor cuando se acerca, aceptando que forma parte de lo que somos, pero sin dramatismos exagerados que no distraigan de tanto por disfrutar. Como de un simple abrazo. Uno virtual te envío con todo mi afecto, JR

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  3. Marisela Perdomo

    He descubierto a la escritora que hay en ti. Sabía de su existencia pero no me había atrevido a abrir la puerta para darle la bienvenida.
    Hoy vi un antiguo portal de madera en Yunquera, hermoso, y le comenté a Ana Mary lo mucho que me gustó, pero no me imagine que esa era la puerta que estaba abriéndose para darte la Bienvenida.
    Me ha conmovido profundamente tu(s) relatos y quiero que escribas. La niña Rosario tiene un gran porvenir como escritora, quizás, de la mano de la adulta experimentada puedan dar frutos, muchos frutos, no de esos arrancados de la tierra sino de los que caen de los árboles frondosos, astibando esas dos luces, cercanas al anochecer.

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      1. .Rosario!
        Bella poeta! Tienes el don de la palabra escrita.
        Sigue escribiendo. Los renglones son el camino del alma adentro, para conocerte, para darte, para dusfrutar la luz que llevas dentro…. La vida.

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