Noches de Rock and Roll

En el último mes he bailado más que en todos los años de mi vida. He descubierto la medicina del baile: tiene pocos efectos secundarios, es barata y además permite conocer gente. No puedo decir que sirva mucho para practicar francés, solo para darme cuenta de lo mucho que aún me falta para dominar una lengua que aún se me resiste en ambientes adversos para la conversación. Quiero pensar que esto es un estímulo más que una frustración.

Empecé sintiéndome como una adolescente aquí en Francia y ahora descubro a la niña juguetona que habita en mí. El baile es un juego, un lenguaje, una forma de expresión y también de comprensión. Una simbiosis con la música y con el otro, con el grupo. Esa danza con la vida siempre la contemplé con envidia y admiración en los demás, pero estaba prohibida para mí. Siempre me sentí nula para la música y el ritmo. Me cohibía y no osaba pisar la pista de baile si no ingería antes una mínima dosis de alcohol o la motivación era superlativa. En la soledad de mi casa o con mis hijos pequeños, sí podía dar rienda suelta a los movimientos del cuerpo al ritmo de cualquier música, pero en público tenía que usar una estrategia para amordazar a la castradora interna que me impedía moverme.

Era la vergüenza de mostrarte, de exponerme, la falta de autovalía. También, la concepción del baile exclusivamente como un juego de seducción en el que me sentía fracasada por anticipado. Y al hilo de esta idea, supongo que la culpa rondaría por ahí también jugando sus cartas. En la adolescencia me costó caro dar rienda suelta al disfrute y la desinhibición, así que el instinto de supervivencia supongo que veló por mi seguridad el resto de mi vida hasta el punto de ceñirme un corsé inmovilizante.

"Soirée dansante"

Pero vamos a lo que vamos, otra vez reflexionando… Hace tres semanas me apunté a clases de baile: los lunes, Rock and Roll y los miércoles bailes de salón, donde hemos empezado con Chachachá (lo baila mi madre en su centro de mayores en España, esto da que pensar). El curso ha había comenzado varias semanas antes pero fue fácil adaptarme. Que nadie crea que me invadió el entusiasmo cuando mi amiga me propuso apuntarnos. Fue más bien un “me hará bien, quizá, bueno, voy a intentarlo”. Como siento que aún me falta un no sé qué para sentirme llena de energía, estabilidad y entusiasmo, me dije ¿por qué no?. Así que me lancé y fue una sorpresa. Durante las clases se me para la mente, fluyo con la música, el tiempo se deslizaba sin sentir y me revitalizo en lugar de cansarme. Me quedo con ganas de más, de seguir danzando. Y eso (o gracias a) que no entiendo la mitad de las intrucciones del profesor, un chico joven, muy profesional, simpático, pero firme y eficiente. Habla a través de la mascarilla, desde lejos, con la música y en un lenguaje más coloquial que académico. Así que me fijo bien en qué hace y procuro seguirle.
Esta semana he ido un paso más allá. Resulta que en Francia, el calendario lectivo prevé dos semanas de vacaciones de cada seis, así que nada más probar el manjar del baile, con solo tres clases de cada modalidad, y el suministro de dopamina se me cortó. Menos mal que mi amiga es una mujer de recursos y en seguida me propuso ir a unas cuantas “soirées dansantes” como le llaman aquí a las populares sesiones nocturnas de baile. El primer día me sentí algo más segura porque era la propia asociación que imparte los cursos quien la organizó para todos los alumnos de la escuela. Aunque yo fuera una párvula, al menos las caras eran conocidas. Solo nos atrevimos a ir tres alumnos del nivel debutante y los otros dos se fueron enseguida. Se me pasó por alto que se bailarían todos los tipos de bailes, así que tuve que patear a un compañero que no se creyó que no tenía ni idea de cómo bailar el tango. Recuperé satisfecha pasos básicos de bachata que tenía en mi haber. Los aprendí en España, en dos meses que me fui a una academia (la primera vez en mi vida) gracias también a una amiga que tiró de mí, con la que rompí la maldición de “no sirves para esto”. 

El balance de la primera "soirée" fue positivo, así que cuando apareció de nuevo la oportunidad de ir a otra me pareció buena idea. Sobre todo porque la sesión estaba dedicada exclusivamente al Rock. Aquí este nombre tiene un significado diferente. Para mi el Rock and Roll era una música más parecida al Heavy metal que a una canción melódica, que cada uno baila a su aire como buenamente puede, dejándose llevar por la música. En Francia es diferente. Es el baile nacional por excelencia, se baila en pareja con pasos marcados, con sus reglas, como puede ser la bachata, la salsa o el ahora tan de moda swing. 

A medida que se acercaba la hora de salir fueron asaltándome las dudas, pero mi amiga me tranquilizó diciendo que nos volvíamos a la hora que yo quisiera. Siempre vamos en su coche, y en esa ocasión fui bostezando todo el tiempo preguntándome si tendría energía para bailar. 

Cuando llegamos, el ambiente me agradó mucho. Era como descubrir un misterio de la Francia profunda, un secreto no desvelado hasta ahora de la cultura gala. Una espaciosa sala con un bar en una dependencia contigua, con mesas y sillones alrededor y un grupo de 4 músicos que tocaban en directo. Grandes ventanales y buena iluminación, ambiente jovial y diverso: había niños que bailaban con adultos, mujeres con mujeres y hasta ancianos con chepa que giraban como trompos. Unos más elegantes y otros en vaqueros. Algunas mujeres con tacones y otras con zapatillas de deporte. No me dio tiempo a quitarme el abrigo cuando me propusieron bailar. Perfecto, así no me paraba a pensar, enseguida a concentrarme en recordar los pasos, en seguir la música, en olvidarme de mí por un rato. 

Empecé a sudar como no lo hacía ni en la sauna. Hasta la cabeza acabó empapada. Tendré que sacar de nuevo el vestuario de verano para estas ocasiones. Bebimos en toda la noche una gran botella de agua con gas entre las dos para reponer líquidos y se me pasaron volando dos horas y media en las que apenas recuperaba el aliento entre baile y baile.

Mi amiga tuvo que decirme que era hora de irnos. Yo estaba llena de energía, pero serena y contenta. Por la noche, aunque dormí bien, seguí danzando en sueños: soñé que bailaba con miembros de mi familia, con amigos, que me sacaban a bailar tipos de danzas de los que ni conocía el nombre… pero sin angustias, seguía disfrutando en brazos de Morfeo.
Danzaterapia

La otra noche dimos un paso más y fuimos a una noche de baile en una asociación de danza aún más profesional, donde se baila de todo. De nuevo antes de salir, las dudas: "por qué me habré apuntado, estoy cansada, no tendré energía, yo no sé bailar, lo pasaré mal, voy por ahí tropezándome..." Otra vez los bostezos en el coche y la esperanza frustrada cuando nos perdimos de que mi amiga diera media vuelta y desistiera de ir. Finalmente llegamos a un polígono industrial perdido bastante solitario. Pero la sala era magnífica, suelo de parquet, música impecable, una barra de bar y asientos y mesas alrededor. Poco a poco fui haciendo amistad con la música y para cuando me sacaron a bailar mi cabeza ya había dejado de rumiar excusas sin sentido. No paré de bailar de todo y con todos. Otra vez tango, sí, alguien que quiso enseñarme los pasos básicos.

Unos bailan mejor que otros (no criticaría a ninguno con mi actual destreza), hay quien lo pone más fácil, te guía bien mediante la posición de las manos de los movimientos que hay que hacer. Otros emiten señales confusas y no te queda claro si debes girar o solo cruzar. Pero no pasa nada, te ríes por el equívoco,  recuperas el ritmo, y a seguir. Lo que me trastoca los pies completamente es tratar de escuchar y comprender cuando me hablan al mismo tiempo que bailo. Ahí no hago ni una cosa ni otra y es lamentable el tiempo que pasa hasta que recupero la compostura. Así que he optado por advertir a mis compañeros de baile que soy debutante y española. Jóvenes y mayores, señores elegantes, musculados y otros enclenques y más ajados. Alguna pareja que otra que parecen profesionales, y otros que a duras penas siguen el ritmo. Todos bailando con todos, con desenfado y disfrute. De nuevo, la gasolina de la noche fue un gran vaso de Perrier (agua con gas) con un toque de granadina.

Bailar el rock, es para mí especialmente sugestivo. Recuerdo todavía a mis primas las francesas cuando ponían discos de vinilo en un tocadiscos con forma de maletín y bailaban cogidas de las manos con extraños movimientos rápidos y enérgicos. Se ve que este baile está aquí tan arraigado como el tango en Argentina o el flamenco en Andalucía. Como soy tan intensa para todo, me gustaría bailar a diario, puede que así consiguiera reducir mi cabeza como los  Jíbaros y alcanzara por fin el equilibrio entre el cuerpo y la mente. ¿Nadie habla todavía de los beneficios de la danzaterapia? Cuando la Vida te saca a bailar no puede una negarse.

4 comentarios en “Noches de Rock and Roll

  1. Gloria

    Me encanta saber que tengo una amiga disfrutona. Me contagia. Yo tb disfruto con ello. Q bonito recorrido estás haciendo en tu caminar por superarte y ser más, feliz?. Enhorabuena AMIGA. Y… GRACIAS

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  2. Mercedes

    Qué alegría he sentido al leer este post, no solo porque te acordaras de algún momento de nuestra adolescencia, sino porque vas recuperando a la niña que llevas dentro! Les bons moments de découverte sont indispensables pour pouvoir évoluer. Bisous, ma cousine, je te redécouvre á travers du pays de mon enfance.

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